Yo confieso

Se me entregó la tarea de escribir algo sobre Clarice Lispector. Y la verdad, confieso, es que no sé qué escribir. Realmente no lo sé. Y no porque no tenga nada que decir de Clarice. No.

Sino porque actualmente me encuentro algo retirada de la escritura. Y escribo con mucha dificultad. Las palabras casi no llegan a la punta de las manos, como solían llegar, profusas, cuando pensaban a Clarice en otros tiempos. Mis manos, antes tan parleras, se encuentran dedicadas a otros quehaceres. Y todo esto, porque mis condiciones de vida, y por lo tanto de escritura, han cambiado. Intempestivamente. Soy la asistente de un quiropráctico. ¿Habrá conocido Clarice la quiropráctica?, me pregunto, mientras entra un nuevo paciente. ¿Sus huesos habrán sido ajustados alguna vez?, pienso, mientras veo el afiche de una columna mal alienada. La palabra “quiropráctico” me recuerda a la palabra “quiromante”, a la buenaventura. Sin duda hacen alusión a las manos. A los que las leen y a los que leen los huesos con ellas. ¿Qué sería de Clarice sin manos? Mi quiromante, perdón, mi quiropráctico, quise decir, me ajustó hace ya más de un mes. ¿Alguien podría describir la sensación del primer ajuste, del primer descoyuntamiento de los huesos? Imagínese a una gallina, a la que le retuercen el pescuezo. Y aun así, sigo sin poder explicarlo. El quiropráctico dice que comienza a correr mejor la sangre en el cerebro. Y los sesos se oxigenan. Dice que lo hace a ciegas, apalpando las vértebras y sus males. Disfunción en la vértebra C1, Atlas, como la llaman, la que sostiene el cráneo, puede provocar dolores de cabeza, insomnio, náuseas, una mala vida, una malaventura, un mal flujo de sangre en el cerebro, dijo el quiropráctico…Labor titánica, ¿no? Fue así como me retorció el pescuezo, sin previo aviso, sin piedad alguna. Apalpando. No fue un sana que sana, como suele decirse, no. Se me puso la piel de gallina, sin duda. Y me vinieron unas náuseas y un vértigo… Un despertar de los huesos. Y mi sistema nervioso entró en colapso. ¿Y cómo no, después de tantos años con el cuerpo encorvado, ladeado y torcido? Y eso no es nada. Hay quienes tienen una extremidad más larga que la otra. Una pierna más larga. Un brazo más corto. Y así viven. Ladeados. Pero el despertar fue abrupto. Y vino acompañado de una tristeza… de una tristeza que tenía enredada en la mala curvatura de mi cuello. Ahí se alojaba, cautelosamente. Pero este texto no se trata de mí, es verdad. Se trata de Lispector. La persona que me pidió que lo escribiera pensó que yo había leído muchas biografías sobre Clarice, que era una gran letrada de su vida. Y la verdad es que no. Lo que sé de ella ha sido a través de sus obras, de su escritura, y a partir de un par de textos “críticos” sobre algunos de sus textos. De Clarice, puedo decir que me gusta su escritura distraída, descabellada. Tan descabellada como Macabea, de La hora de la estrella, uno de sus personajes más entrañables. Y con lo de entrañable no me refiero, solamente, a los afectos que me suscitó Macabea, sino al personaje en sí mismo, dotado de una profunda intimidad. Macabea es tan íntima, que pareciera que se alimentara de sí misma, como dice su escritor. Pero ella no sabe. No sabe que vive una vida interior. Y eso me encanta. Recuerdo la visita de Macabea a una cartomante. La cartomante, como dijo el escritor de Macabea, Rodrigo, le decretó “sentencia de vida” (p. 54). Y Macabea quedó “grávida” de esperanza, dijo Rodrigo. Ella, tan escuálida, y ahora tan repleta de esperanza. Y de nuevo tengo la sensación de estar reescribiendo a Macabea, ¡como si ya no estuviera escrita!, me digo. ¿Le pasará esto a todos los que leen a Lispector? Esta urgencia irracional de reescribir lo que ya ha sido escrito, y con más ingenio, por supuesto. Después de su visita a la cartomante, bueno…fue el primer día de la vida de Macabea. Nació, como dice ella. Pero no voy a dar muchos detalles sobre este nacimiento, un poco abrupto, también. Mi Maca, siempre la recuerdo con mucha nostalgia. Como he dicho en otras ocasiones, Macabea es la expresión del ser orante que no sabe que lo es. Es decir, del que ora, pero no sabe, porque no sabe lo que el orar significa. Seres prodigiosos, aquellos, de una santidad profana.

Clarice Lispector joven | La Malinche
La joven escritora Clarice Lispector

2.
Al igual que Clarice, estoy escribiendo este texto a pedazos, cuando la cosa llega. Aquel día estaba en el quiropráctico. Hoy regresé del Museo de Arte de Atlanta. Estoy lejos. Lejos, incluso, de mi propia lengua. Me veo obligada a sentir y pensar en inglés. A apreciar el arte en otra lengua. En el Museo, me encontré con una pintura en la que resaltaba el color vivo de una naranja. El fondo era de unos verdes y lilas casi opacos. El nombre de la pintura era ‘Still Life with Orange’ de Emile Bernard. Pero lo interesante de la pintura no estaba en la pintura misma, sino en la lacónica descripción de al lado. Algo me recordó a Clarice. Quizás la palabra con la que describían el naranja intenso de la fruta. Decía algo como… «the colors are intense and pulsating». Pulsating. Pulsating. Me repetía. Escribir con un dolor punzante, pensé. La sangre pulsa. Y me pregunto, ¿la palabra “pulsating” hace alusión a lo que pulsa o a lo que punza? ¿O a ambas? La sangre punza… Era de un color pulsante. La escritura de Clarice es una pulsación. Sin duda. Pero también tiene lo puntiagudo de lo que punza. Tan punzante como un ‘Me soy’, que viene de cuando en cuando en su escritura. Distraídamente. “Me soy”, “Nací”. Es de un color vivo, que late. A veces duele. Macabea me duele. Es una sensación inevitable. ¿Alguna vez han tenido un dolor punzante? Yo sí. En mi mano derecha. Es un dolor que se enciende repentinamente, espinoso. Y viene, como esos estados de gracia nocturnos de Clarice Lispector en Agua viva, a las dos o tres de la mañana. Como si corrieran abrojos por las venas. Y me pregunto, ¿es la sangre, son los nervios o los músculos ya desgastados? ¿O mis tendones a punto de reventar? No sé. No sé. Mi quiromante, lo siento, mi quiropráctico, me sugirió que puede ser mi columna vertebral, algo torcido en el espinazo. Yo sé que este texto no debería tratarse de mí, que, al contrario, debería motivar a los lectores a acercarse a Lispector, pero estos son los estragos de tanto leer su escritura. Y de tanto escribirla, quizá. No hay forma de no sentir a Clarice recorriendo por las venas, acercándose al corazón, salvaje, como diría ella. Salvajemente. Descabelladamente. Pulsaciones es el subtítulo de uno de sus libros, de Un soplo de vida, creo. ¿Era un subtítulo o el título verdadero, entre paréntesis? (Ya sé, ya sé, ya me lo han dicho antes, que para qué me hago preguntas que no voy a responder, que no tiene mucho sentido. Lo sé, es un mal hábito, muy mío). Pero son pulsaciones que interrumpen y que no alteran. Este texto lo escribo interrumpidamente. Clarice interrumpe mis labores de ayudante de quiropráctica. Nadie lo sabe. Nadie se imagina que mientras ayudo a alguien a alinear su columna vertebral, estoy pensando en los seres que piensan sin palabras, en los que oran sin orar. En definitiva, algo se expande y se contrae en la escritura de Lispector. Una alegría profunda o un dolor o el corazón mismo… Su escritura tiende, sobre todo, a la sensación, a lo que no se sabe, a la “no-intelectualidad”, como dice ella. Porque, ¿qué más irracional que un latido, qué más sentible? A veces su escritura oscila entre la inteligencia y la no-inteligencia, entre la razón y la verdad que pulsa. Desamorada de lo inteligible. Pero a la vez tan encantada por las palabras. ¿Esa es Clarice, o soy yo? Ya no lo sé. El encanto de poder rozar con las palabras, con el pensamiento, lo que no lo es, la idea muda, virgen, como dice ella. En resumen, la vida íntima y oblicua. Y de nuevo me encuentro en la oficina de quiropráctica. Y me siento un poco como Macabea, la dactilógrafa. Tengo en mis manos un libro de Hildegarda de Bingen, The Complete English Translation of Her Classic Work on Health and Healing. Al abrirlo, sonreí, me sonrojé, incluso, y el corazón me brincó de alegría. Pero tuve que disimular un poco, para no estorbar a los pacientes con mis dichas secretas. De nuevo sentí el corazón parlero, me sentí grávida. Al igual que a Clarice, me sentí cercana a Hildegarda, aun sin leerla. Abrí una página, al azar, y decía: Plantas. Hay un jardín en medio de la escritura de Agua viva, de Clarice. Un jardín de flores olorosas. Mi flor favorita es el crisantemo, me recuerda a Dylan, mi perro amado. Milagrosamente, hoy no he necesitado que me ajusten el pescuezo, y el aceite esencial de menta me ha quitado las náuseas. Sin duda, la alegría la siento hasta en los huesos.

P.D.:No leer a Lispector de un solo bocado. Aunque su punzadura es dulce, el dolor puede llegar a mortificar el cuerpo.

Encuentra aquí una selección de fragmentos de la obra de Clarice Lispector.


Colaboración de: Daniela Cerra Lacoture.

Referencias:

Lispector, Clarice. (2015). La hora de la estrella. (Gonzalo Aguilar, Trad.) Buenos Aires: Corregidor.