Verónica Gerber Bicecci es, en sus propias palabras, una “artista visual que escribe”. Nació el 14 de noviembre de 1981 en Ciudad de México, se licenció en Artes plásticas en la ENPEG, e hizo una maestría en Historia del arte en la UNAM. Bajo la gran premisa de ser “una artista visual que escribe”, Verónica Gerber ha producido toda su obra, que hasta el momento se compone de los ensayos visuales “Espacio negativo” (2005), “Mudanza” (2010), “Palabras migrantes” (2018) “Los hablantes” (2014), “El vacío amplificado” (2016); las novelas “Conjunto vacío” (2018) y “La compañía” (2019), y del poemario “Otro día… (poemas sintéticos)” (2019).
Si quieres saber más sobre la obra «Conjunto vacío», visita nuestro texto: Sobre Conjunto vacío.
La escritura de Gerber es extraña, descentra la lectura burguesa, que es cómoda y complaciente, para forzar al lector a leer otros lenguajes que tal vez hemos olvidado, o que somos incapaces de significar. La hermandad irreductible entre la escritura alfabética y la materialidad de las artes ha sido la fuente desde la que Gerber ha expuesto todos sus cuestionamientos, que la han llevado a proponer una escritura visual, abstracta, al límite del lenguaje.

El trabajo de Gerber, por eso mismo, es trasgresor y atiende únicamente a problemáticas del hombre del siglo XXI: la cuestión del lenguaje maquinal del internet, los códigos algorítmicos a los que nos hemos enfrentado, para complacerlos sin comprenderlos, el destino distópico al que las afectaciones del cambio climático están conduciendo al mundo y el problema del lenguaje y el tiempo en todo este meollo. Los límites del lenguaje son presionados por las obras de Gerber tales como “Escritura de tiempo” (2005), compuesta por 5 triplays que la artista pintó con tonos amarillos, blancos, negros y grises para “señalar las escrituras aleatorias que produce el tiempo”. Los colores son betas que se mezclan, difuminan, engrosan y alargan, apareciendo ante el ojo como una imagen que recuerda a la de las pantallas cuando fallan.
Podría calificarse a la escritura de Gerber como distópica, futurista, de ciencia ficción, pero está lejos de serlo. El registro que utiliza para exponer el discurso es material, plástico, y refuerza la noción de la conexión de la escritura misma con lo real. Leer este discurso, provoca una ruptura, una dispersión del espacio de lectura. Tradicionalmente el pensamiento implica a la lectura, y este solo se da en un espacio mental, íntimo, individual. La lectura que le propone Gerber al espectador es colectiva, exterior, implica a una alteridad, no solo en el significante, sino también en el espacio, en el objeto mismo que el espectador mira.
El significante con el que la escritora enmarca a “Escritura de tiempo” implica una yuxtaposición del tiempo con los múltiples espacios en los que se da la lectura: está el espacio que ocupa la pieza exhibida; los numerosos ángulos desde los que puede ser vista; el espacio que ocupa el espectador; el espacio colectivo de la lectura, entre el público y la pieza; el espacio mental del discernimiento y el espacio mental que ocupa la imagen del significante.
Así como las vetas de los colores proponen una lectura descentrada, no alfabética, otras obras de Gerber, como “Tercera persona” (2015) proponen una lectura del braille, o como “Mujeres polilla” (2018) en las que hay fragmentos de textos carcomidos por la prensa de una perforadora.



De esta manera, el trabajo de Gerber es importante porque cuestiona dogmas centrales de la cultura occidental, viendo su obra nos preguntamos ¿en qué queda entonces el proceso de lectura y, por lo tanto, el del pensamiento mismo?, ¿qué pasa con el sentido, más allá de caer en la vana conclusión de que su obra resignifica a los sintagmas? Son preguntas que la obra misma abre, que dejan el espacio para múltiples interpretaciones, que se enlazan a otros proyectos vanguardistas que también buscan responder desde sus formas a las necesidades de un mundo que cada vez es menos humano.
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