Un sueño y un pez: tres pensamientos

Aquí tres pequeñas reflexiones perdidas en la búsqueda fallida de una certeza, o mejor aún, vulnerables frente a la inefabilidad de su escritura y el proceder de su pensamiento. Victoriosas solo al alcanzar la pregunta. Nacen y se sostienen en el acercamiento a unos escritos de la brasilera Clarice Lispector. Son reflexiones sobre la crónica de un sueño y un pez, y ciertas cosas escritas en Agua viva (1973), una de sus novelas. La pequeña crónica, o el sueño, mejor, se presentaba el 3 de agosto de 1968 en el Jornal do Brasil. La precedía el título “Desafío para los analistas” y decía lo siguiente:

«Soñé que un pez se quitaba la ropa y quedaba desnudo«. [1]

Clarice Lispector y su perro | La Malinche
Fotografía de la escritora Clarice Lispector

Primera reflexión: el sueño

El sueño está en tiempo pasado porque es el tiempo que corresponde al mundo onírico. A menos que lúcido, el sueño sólo es sueño en la conciencia desde el momento en el que se recuerda o se nombra. ¿En el sueño hay un presente? El sueño siempre está en pretérito porque se crea con la palabra y es realmente un recuerdo trastocado. Mientras está pasando no es sueño propiamente, porque no está en la conciencia como tal. El sueño es mímesis en el subconsciente; el encuentro entre dos realidades ontológicamente diferentes. Es referencial, pero no es lógico. “¿[Q]ué mal hay, sin embargo, en que yo me aparte de la lógica? Estoy tratando con materia prima. Estoy por detrás de lo que queda detrás del pensamiento”.[2]

Si el presente se escapa del sueño, es porque es esa su característica primaria: el escape. El presente, que es lo único que intercepta la sensación, es perseverante en su fugacidad. Más allá de él lo que queda es el recuerdo y la posibilidad en el futuro. En la experiencia inmediata, viva, actual, en el sentir naciendo en el presente, se interrumpe el pensamiento racional. No hay orden, no hay linealidad, no hay palabra. La palabra busca agarrar el presente. —“Quiero poseer los átomos del tiempo. Y quiero capturar el presente, que por su propia naturaleza me está prohibido; el presente se me escapa, la actualidad huye, la actualidad soy yo siempre en presente […] La palabra es mi cuarta dimensión”—.[3] El pasado, el futuro y el sueño se traen al presente con la palabra, pero esta no puede traer la sensación, así que se agarra de la memoria, pero la memoria todo lo transforma y la palabra es inalcanzable en su relato de la experiencia, aunque puede ella misma ser experiencia. La palabra en Lispector es presente porque no está codificada, es la misma puesta en escena donde se crea la sensación, el sentido, en la lectura. La palabra no es signo, sino emoción creada en el artificio, es el ordenamiento sublime, bello y grotesco del caos, o el caos mismo. La realidad nos es inefable y la palabra finge alcanzarla: en la palabra, a veces, encontramos calma, otras veces, miedo. El orden de las cosas a través de la palabra “no sucede en la realidad sino en el dominio de… ¿de un arte?, sí, de un artificio a través del cual surge una realidad delicadísima que pasa a existir en mí: la transfiguración me ha sucedido”.[4]

Para saber más sobre la propuesta literaria de Clarice Lispector de invitamos a visitar el artículo Clarice Lispector, la literatura indefinible.

Clarice Lispector en la playa | La Malinche
Clarice Lispector con sus hijos y una amiga en una playa de Copacabana, Río de Janeiro

Segunda reflexión: el pez que se quita la ropa y queda desnudo

Las limitaciones de lo vivo están en la arrogancia de la experiencia humana. El sueño en donde el pez que se quita la ropa y queda desnudo es una fisura en el muro divisorio (e ilusorio) de la vida humana, por donde el flujo de lo vivo se aúna en su monstruosidad. Todo lo vivo busca su encuentro. ¿Tiene brazos ese pez? ¿Está húmeda esa ropa? Toda referencialidad se limita a lo humano, pues cuando la vida se desborda del cuerpo bípedo el sentido huye… “Puedo no tener sentido, pero es la misma falta de sentido que tiene la vena que late.” [5] (…) “Escucha sólo superficialmente lo que digo y de la falta de sentido nacerá un sentido” [6].

El orden y la estabilidad del pensamiento humano es una ilusión de control ante el caos de lo real, que nos es inaccesible. Cuando la vida rompe con el ordenamiento en especies supera, en un regreso a lo primitivo y lo orgánico, la experiencia humana y se torna plural: es inter-especie. Se desborda. Yo soy el pez porque el pez soy yo. Y al quitarme la ropa quedo desnuda, pero siempre he estado desnuda. ¿Es el agua la ropa? ¿Es el aire la ropa?… “En ese núcleo tengo la extraña impresión de que no pertenezco al género humano”.[7] Si el humano tiene la palabra, puede usarla en su contra y mentirse. Lispector es aliada de la palabra porque entiende sus límites. “Más allá de la palabra el pensamiento no hay palabras: se es. […] En ese terreno del se es soy puro éxtasis cristalino. Se es. Me soy. Tú te eres”.[8]

Tercer pensamiento: el desafío para los analistas

Sólo en el desbordamiento del tiempo se logra la expansión de la vida.


[1] En su lengua original, portugués, se lee:

DESAFIO AOS ANALISTAS

“Sonhei que um peixe tirava a roupa e ficava nu”

[2] Agua viva (2018). p.15

[3] Ibid. p.12-13.

[4] Ibid. p.24.

[5] Ibid. p.17.

[6] Ibid. p.29.

[7] Ibid. p.33.

[8] Ibid. p.34.

Bibliografía

Lispector, C. (2018). Agua viva. Elena Losada (trad.). Madrid: Siruela.

Lispector, C. (2016) Revelación de un mundo. Amalia Sato (trad.). Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

Colaboración de: Vanessa Restrepo

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