Sobre Puerto calcinado

Andrea Cote Botero nace en la ciudad de Barrancabermeja, Colombia, en 1981.

Por esos mismos años, a lo largo de esa zona portuaria del Magdalena Medio, asociaciones paramilitares como los MAS (Muerte a secuestradores) conocidos como “Los Masetos” se adentraban cada vez más al puerto y a la ciudad, acabando con todo lo que tuviera apariencia de sindicato o de guerrilla. Desde los años sesenta se consolidó una relación fuerte entre el puerto y la guerrilla del ELN en la ciudad de Barrancabermeja, así como en las zonas cercanas como Puerto Wilches y San Vicente de Chucurí. Por otro lado, y de distinta naturaleza, la región cuenta con una tradición de luchas sindicales obreras de las cuales nace, por ejemplo, la Unión Sindical Obrera de la Industria del Petróleo (USO), hecho que acrecentó las tensiones entre los paramilitares y los supuestos simpatizantes de la guerrilla. La guerra entre paramilitares y guerrillas hizo que entre 1985 y 1994 murieran 127 civiles a lo largo y ancho de 23 masacres.

En 2003 se publica el poemario de Andrea Cote Botero Puerto calcinado en la colección Un libro por centavo. Fue la segunda publicación de esta colección, después de Postal de viaje de Luz Mery Giraldo y antes de Antología personal de Fernando Charry Lara. Unos años antes. A finales de los noventa, en Barrancabermeja aún se mataba, se asesinaba y se desaparecía. Resuena lo ocurrido el 16 de mayo de 1998 y lo ocurrido el 28 de febrero de 1999. En Puerto calcinado esta violencia surge entre los recuerdos de la tierra, de la infancia y del desespero.

Si quieres saber más sobre la vida de la escritora colombiana, visita: Biografía de Andrea Cote Botero.

Sobre "Puerto calcinado" | La Malinche
Portada de Puerto calcinado, editorial Valparaíso

En Puerto calcinado todo está por fuera del tiempo, como si fuera el momento del mito, sus poemas son retratos, imágenes e impresiones de la niñez y de la infancia; y lo que se desprende de ese entonces, en todos los casos y en todos nosotros, son muchos instantes al mismo tiempo y en ningún lugar preciso. En Puerto calcinado la violencia, que sí le corresponde a la historia y los diarios y los noticieros y al dolor, pero no a la vida contemplativa e inocente de la infancia, ocupa la misma naturaleza misteriosa y confusa de la que están hechos esos días sin fechas de cuando uno era niño. El temor y el miedo son genuinos y pertenecen tanto al niño, como al rio y como al paisaje del Magdalena.

Todo está por verse en los poemas de Puerto calcinado; los muertos insepultos aún no tienen nombre, la herida aún no tiene arma, y el miedo y la violencia todavía no tienen rostro. Sin embargo, todos ellos se pasean entre las casas y sus cocinas, entre los ríos y las camas, entre la tierra y los sueños.

Sobre el poemario, Cote Botero dice lo siguiente en una entrevista concedida a Miguel Idelfonso para la revista Agenda Cix:

La mayor parte de los poemas de Puerto Calcinado fueron escritos a finales de la década de los noventa, durante uno de los periodos más oscuros en la historia reciente de mi ciudad, Barrancabermeja. Nunca me propuse específicamente escribir sobre la violencia, pero la descubrí pronto en los poemas que hablaban de ella sin decir su nombre. La suma de voces que mencionas pertenece a seres de la infancia, que es el tiempo que más fácilmente confunde la casa con el mundo. En este poemario la violencia colectiva tiene su impresión más contundente en los rincones cotidianos y la casa es otra vez la metáfora de una promesa rota, un resguardo convertido en lugar del desamparo.

Pero en aquella tierra había algo más rotundo aún que la violencia y eso era el paisaje, porque el paisaje era el reverso de la historia. Nuestra tierra, aparentemente un don precario: con sus líneas de barrancos, su río en fuga, su preeminente calor; llevaba en la escasez – precisamente – su don de subsistencia. La tierra que se extremaba para sostener la vida era nuestra lección de paisaje; la solitaria flor del barranco, por ejemplo, exhibía la bondad de las cosas simplemente vivas. Allí residía, tal vez, el valor mítico del lugar que visita mi libro.

Como lo dice la autora, la relación entre el “desamparo” y la tierra es muy estrecha. La voz poética, que siempre dialoga con una María o una Mariana, está en constante complicidad con un desasosiego natural que la une a ella con la tierra, con el puerto, con el paisaje. La voz poética ve su destino unido al de su mundo más próximo, que como también lo dice Cote Botero, es la casa y su relación más mundana y consuetudinaria. Las “cosas” que habitan ese tiempo perdido viven un mismo infortunio; por eso es reiterativo ver imágenes como una “hoguera encallada”, “suelos encendidos”, “puertos desecados”, “desoladas estampas de ruina”, “ríos quemantes”.

Una obstinada certeza se aparece entre los diálogos de los poemas. La certeza de que los ríos traen hombres dormidos y de que la tierra “abre agujaros para obligarnos a dormir”. En Puerto calcinado hay alguien que sabe y que ha visto, y otros, como nosotros los lectores, que escuchamos lo que nos cuentan, porque que no sabemos, ni hemos visto. Es el testimonio de un crimen sin forma, sin asesino y sin víctima. Es, no obstante, la materia prima del terror y la violencia que vive y vuelve a morir en la cercanía de los recuerdos:

Si supieras que ese río corre
y que es como nosotros
o como todo lo que tarde o temprano
tiene que hundirse en la tierra.

Tú no sabes,
pero yo alguna vez lo he visto
hace parte de las cosas
que cuando se están yendo
parece que se quedan.

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Referencias:  https://agendacix.org/entrevista-con-andrea-cote-el-lado-maacutes-punzante.html