Selección de textos de María Inés Silva Vila

La muerte tiene mi altura (1951)

“Seguías mirándote, inmóvil, como una de las novias de la vidriera. La cortina se levantó un poco y surgió otra imagen en el espejo, detrás de la tuya. Casi antes de mirarla te diste cuenta de que era otro reflejo tuyo, pero de milagro. Sabías desde el primer momento que era tu propia cara la que se acercaba, tras el espejo, a tu imagen verdadera. […] Cuando advertiste que las dos imágenes se iban a confundir en una y, sobre todo, cuando advertiste que la más alejada, la que en realidad no eras tú a pesar de tener tu rostro, tenía tu misma altura, creíste, como aun crees ahora, que también había llegado la hora de tu muerte. Te pareció que, si permanecías quieta, ella helaría primero tu imagen y que después avanzarían las dos juntas hacia ti para recorrerte de frío y de silencio. Fue eso lo que te impulsó a salir corriendo, vestida de novia, de la casa de modas”.

Selección de textos de María In
La escritora María Inés Silva Vila

El idiota

«Jesús, sí, Jesús estaba salvado, y quiso salvar a los demás, Pero solo pensó en el pecado. Sólo le interesaba salvarlos del pecado y no de la idiotez. Y ahora los que no se pierden por malos, se pierden por idiotas. Pero con los idiotas no podemos hacer nada, como nadie los condenó, sienten que siendo como son cumplen con su deber. Los malos pierden el alma y los idiotas la vida. Pero los malos aún son capaces de temblar y perder pie y los otros, en cambio, son invulnerables. Y aún más, se creen con autoridad para juzgar y condenar. No hay pecado que se escape a su censura. Entre oficina y oficina, entre expediente y expediente, entre jornal y jornal, no hay más que un ceño fruncido y una vara de medir. Lo bueno y lo malo están en juego en todas las sobremesas. ¿Pero hay alguien que piense en la cara de imbécil consuetudinario que tiene su vecino? ¿Hay alguien que mire con horror el hecho de calcar un día de otro y festejar el domingo con una imbecilidad diferente que se arrastrara todos los domingos de la vida? Porque es más fácil enseñar a ser bueno. Pero cómo enseñar a respirar, a asombrarse, a vivir a grandes bocanadas, sin desmayar, sin caer en inercia o en costumbre alguna, ¿cómo aprender a festejar día a día la gloria de estar vivo? Claro que a veces estamos tristes de estar vivos, pero eso mismo es maravilloso porque viene a confirmar nuestro contento. Sin saberlo no nos entristece la vida, sino por el contrario, la muerte o el miedo a la muerte o a estar enfermos o solos o desvalidos. Y todo es lo mismo, muerte, pura muerte. Nos sentimos languidecer, extenuar hasta sentir que apenas existimos y es ahí que nos nace una melancolía, un hastío nostálgico que no sabemos a qué atribuir, Y creemos equivocadamente que estamos hartos de vivir cuando lo que tenemos es que estamos cansados de tener que morir. ¿Pero cómo comunicar a los idiotas que es necesario también entristecerse? Que es bueno, sí, que es sano; ¿qué es humano, llorar por pura metafísica? No hay modo. Podemos gritar, gritarles las cosas a la cara que igual no oyen. Yo he querido hablar con mi padre. Pero no puedo. Es otro idioma. Su tarea, su imbecilidad cotidiana, diremos, es hacer justicia. Qué lástima, Dios mío, qué dolor… ¡¿Qué hacer?!».

Si te gustó esta selección, te recomendamos visitar nuestra biografía de María Inés Silva Vila.

La Malinche blog