El río (1952)
Afluentes
Yo escuché su rumor en mi niñez,
la semilla horadando las paredes,
destruyendo la casa en que nací.
Yo sentía el profundo crecimiento
del árbol inseguro, y la resaca
que la marea de su fronda horaria
dejaba en mi garganta, en las orillas
de la letra terrestre: y no sabía.
Delta
Un viento amargo, irremediable y tenso,
un perseguido, náufrago de España,
un cuervo, un llanto, un índice de niño,
un maleficio, un grito, un alma, un sueño,
una culpa, una muerte, una llamada,
un desierto, un terror, oh dios, un arma,
un arma, una creciente, una venganza,
que estaba el campo áspero y sangriento,
como un ancho y cercano y sollozante
paraíso de amor. Rondaban ángeles
la sangre, bajo los remordimientos,
bajo un invierno deshojado y frío,
y asido el aire, el cuerpo y los recuerdos,
los viejos perros, las pacientes parcas,
la media luna ardiente de las sombras,
─ un bosque, amor, un bosque en fieras llamas,
atizado de seca desventura
─!Oh fúrias familiares! !Flacas y hondasa
vispas de la casa! ¡Compañeras!
Es la hora, las agujas, socorrednos,
ayudadnos a abrirnos la esperanza,
a quebrarnos la sed contra la roca,
a limpiarnos el cieno de la carne,
que estamos solos, áridos y firmes,
contándonos los golpes de la sangre.
Identidad de ciertas frutas
VI
( las bananas)
La mano azul con guante dorado
del racimo de bananas
está apoyada sobre las otras frutas:
emite resbaladizos hilos de seda
apretados
densos
mensajes de la botánica.
Las bananas ahora
transparentes como fantasmas
trasmiten la ternura y una celeste materia.
Nos hemos quedado
Junto a las oscuras cáscaras estrelladas
consumiendo el noticiero
que viene de otro reino.
XI
( la sandía )
Yo buscaba sin saber bien
qué era repartir aquella extensa fruta.
Repartir la sandía – me dije –
y sacrificamos en tajadas
su fresca encarnadura.
Quedó abierta sobre la mesa mostrando el corazón.
¿De la tarde? ¿De la casa? ¿Del silencio?
Repartir la sandía – me dije-
es repartir una siesta de verano
una estación con vidrieras rojas
y desierta
una cueva verde habitada por la sed.
XIX
(el coco)
Un solo coco se ha instalado
en el comedor.
Me acerco a un circo de mi niñez.
¿Un cachorro leonado? Tiene
pelo áspero y duro
como el tronco de la canela.
Un mono amaestrado
se arroja en mitad de la arena
desde un altísimo trapecio.
En la palmera que da los cocos
hay una calesita.
Doy vueltas sobre un caballo blanco.
Ese caballo blanco era de leche
Y estaba dentro del coco.
Otros poemas
Nada
Caída en el vacío –sin manos
que sostengan: ah! conjuguen
verbo activo –por favor!
Alcancen una cuerda –una escala–
una mano amiga –
que sostengan los minutos –horas y años–
cayendo en el insondable pozo
de la Nada–.
El tiempo disfrazado de presente
nos engaña en su esplendor,
y pasa y pasa sin detención posible:
Hoy somos y mañana seremos–
cómplices eternos de la nada.
Océano desaguado
Resecos: pensamiento y horas
vacían un temporal océano –
y no ha agua –relucen
estatuas dimensiones –
allí donde se cumple siniestra: la Nada.
Árida y absurda dimensión
deglutiendo vivo el presente –
allí justo –donde habitan
ciegos y sordos –
los pulpos del recuerdo.
Conoce más sobre el proyecto poético de la escritora uruguaya en el artículo: La poesía visual de Amanda Berenguer.

