Ya en el título de la obra de Aguirre hay una instancia desde la cual pensar la distancia. La intención no es detenerse en los extremos, sino ahondar en el espacio que se debate entre ellos.
Por tanto, lo importante aquí es lo que se dice en el mutismo, o la libertad en la reclusión. Por supuesto la distancia es al mismo tiempo literal y metafórica.
La protagonista de esta obra vive recluida en una especie de sanatorio junto a algunos otros jóvenes, huérfanos y enfermos, quienes son cuidados por enfermeras y médicos.
En una entrada de su diario, la narradora cuenta que alguna vez, mucho antes de vivir en el sanatorio, la llevaron a conocer el mar cuando aún era una niña. Allí, ya en la playa, decidió darle la espalda sentada en la arena y no fue a verlo de cerca como los demás. Sin embargo, decide voltearse a verlo. La lejanía que separa al mar de la protagonista se destruye dadas las descripciones de este en la narración, es decir: la distancia se anula y el mar se vuelve cercano en la medida en que se lo crea. “Era una superficie ondulante, de color azulverde y verdeazul. Sus olas, bordados caprichosos de encaje blanco. En el fondo el cielo, tan cielo como siempre”.
La narradora extiende su mano y entiende que puede arrugar el mar como si fuese un papel. ¿Qué separa la distancia que aquí propongo? Este es el quid del asunto: al autor, por un lado y la creación poética, del otro: “En un instante lo vi todo (…) sin nacer aún”. Hacer nacer las cosas es el hecho estético: la creación artística. Fenómeno que la narradora siente latente dentro de sí, pero al cual es imposible darle una forma:
“Me miré las manos, así, de golpe, y sorprendí en ellas una inquieta niebla. Querían decirme algo. Lo advertí en la aguda transparencia de las venas y en un ligero temblor a lo largo de los dedos. Y supe comprenderlas. Porque he aprendido a observar que las palabras que no nacen, mueren dolorosamente en las manos. Las palabras que en mí nunca podrán ser, atormentan mis manos. ¡Y da pena sentirlas morir en la punta de los dedos —casi a flor de piel—, nublando apenas la transparencia de las venas!”.
Lo que no puede el silencio de una voz enmudecida, lo puede escribir las manos. Pero ¿a qué le teme el poeta que con la punta de los dedos casi, casi escribe? Es una pena no adentrarse en ese mar que se extiende siempre aún más, y parece perderse y morir sin la presencia de la poesía.

La poeta quiere ser vecina del mundo. No es partidaria de la objetividad pues sabe que esa se paga con la pérdida de la proximidad. Su labor, por el contrario, es practicar la intimidad; prefiere sentir la quemadura de la incandescencia antes que las ideas generales de las cosas: “QUISIERA que, de pronto, mi cuarto se inundara de azul. Ese azul denso de las madrugadas que todo lo torna azul. Azul mi cama, azul mi puerta, el techo, el suelo”. Así, la labor de la poeta es la bienvenida. Darle espacio a las cosas para que estas se queden, para que la vida colme los espacios vacíos; vida del contacto, del cero absoluto.
Conoce más de la vida y la obra de Margarita Aguirre en nuestra biografía de la autora.
Pero la vida del artista sobre la tierra es brega y tristeza. Así lo dice nuestra narradora: “ESTOY condenada a que nadie me oiga. Y este silencio es mi medida. Es como una fosa negra, profunda. Aquí me consumo. ¿Qué importa haber visto los árboles verdes y tiernos, las finas raíces transparentes del agua, el camino desdibujado de las nubes?, ¿qué importa pensar y escribir y llorar junto a las rosas? ¡Todo es inútil!”. Pareciera que la labor creativa fuera relativa a un proceso de reciclaje; no es suficiente tan solo la presencia y percepción. Ver no es suficiente, ni sentir el amor y el miedo del mundo. La imaginación tiene que salir de visita y volver contando lo que ha encontrado.
Nuevamente, ilusión y esperanzas, están encaminadas en descubrir lo que hay detrás de las figuras y las cosas, y más aún en creer que hay cosas que pueden ser descubiertas. Aquí, descubrir es ver la cosa misma, pero esta vez “creada por el alma nuevamente” como lo dice Juan Ramón Jiménez.
“Me gustan las cosas hermosas. Estoy segura de que hay cosas verdaderamente hermosas que nadie puede ver. Trato de buscarlas por todas partes, pero no las encuentro. Todo lo que he visto hasta ahora me parece como una promesa. Estoy segura de que hay cosas demasiado hermosas y espero alcanzarlas algún día”.
El episodio del mar aún no termina; concluye varias páginas más adelante. Es este el momento en la vida de la protagonista, y el de la narración para el lector, en donde quedan claras las consecuencias de anular las distancias y adentrarse, de forma suicida, única forma, a la aventura del lenguaje. Dejo en extenso este fragmento:
“Comencé a mirarlo [al mar] fijamente, con desesperación, como si fuera lo único que importara hacer en el mundo. Sentí que sus voces me llamaban con violencia. Se revolvía negro y duro a mis pies y sus ronquidos estaban allí, llamándome. Comprendí que debía acudir. Mi cabeza daba vueltas, mi cuerpo entero estaba pesado, como clavado en las rocas, pero era preciso ir. La cabeza me daba vueltas y lentamente arrastraba mi cuerpo. Sí, sí, había que ir. Allá abajo estaba todo, incluso yo misma, completa, indestructible. Separar los ojos, aunque fuera un instante, de las profundidades, era perder el llamado, perder para siempre aquella salvación. De pronto mi cabeza dió vueltas más rápidamente aún. Entonces fué fácil: el cuerpo aligeró su peso y con los ojos muy abiertos penetré en las aguas saladas”.
Todo estaba allá abajo, sólo hacía falta cogerlo y arrugarlo. Toda esa belleza es cierta, por eso hay que entrar con los ojos bien abiertos esperando verlo todo. ¿Qué vio?: “Por muchos esfuerzos que haga, jamás lograré recordar cómo transcurrieron las cosas allá abajo. Pero debe de haber sido maravilloso”. El hecho de que haya olvidado lo que vio no significa ninguna renuncia, todo lo contrario, es lo que antecede a la búsqueda. Si la proximidad a eso maravilloso había llegado al grado cero ¿qué hacer entonces con esa distancia que una vez más tercamente se ahonda? Sacudirse la pesadez de las manos: crear.
Te invitamos a leer un poco de la obra de Margarita Aguirre en nuestra selección.
Referencias:
Margarita Aguirre, Cuadernos de una muchacha. Ediciones Botella al mar, Buenos Aires, 1951.
Juan Ramón Jiménez, “El nombre exacto de las cosas” de Eternidades.

