La voz de madre

Gabriela Mistral es una escritora que oscila entre el amor hacia lo muerto y el amor hacia lo que apenas nace. La pienso ahora a partir de algunos de sus escritos iniciales, textos de Desolación y Ternura. En ellos, la muerte la envuelve. Sobre todo, en Desolación, aparece como un pensamiento incesante, inevitable. La voz poética no vive, pues tiene su mente puesta en los difuntos. Quiere acercarlos. Los busca. Y por eso la vida se le va. Está permanentemente en ese anhelo por recobrar el mundo perdido y añora no solo a los muertos, sino a un pasado lejano y seguro en el que ya no se encuentra, así como a anhelos pasados que ya no podrá cumplir. Los poemas se cubren de tristeza y nostalgia y las estaciones que describe son el invierno y el otoño, símbolos de la muerte.

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En Ternura también hay nostalgia, pero es un texto que se reviste de vida, de distintos germinares. Describe solamente las estaciones de la primavera y el verano y está escrito en formas que remiten a la infancia, como las canciones de cuna, las rondas y los cuentos. La muerte hace apariciones y también la tristeza, pero es ante todo un conjunto de textos llenos de alegría y juego, donde todo crece y nace y la presencia de lo infantil se vuelve central. En los textos iniciales de Mistral es llamativo cómo aparecen los niños y el rol que la voz poética asume ante ellos. En “Niño solo” escribe:

“Como escuchase un llanto, me paré en el repecho

y me acerqué a la puerta del rancho del camino.

Un niño de ojos dulces me miró desde el lecho

¡y una ternura inmensa me embriagó como un vino!

La madre se tardó, curvada en el barbecho;

el niño, al despertar, buscó el pezón de rosa

y rompió en llanto… Yo lo estreché contra el pecho,

y una canción de cuna me subió, temblorosa…

Por la ventana abierta la luna nos miraba.

El niño ya dormía, y la canción bañaba,

como otro resplandor, mi pecho enriquecido…

Y cuando la mujer, trémula, abrió la puerta,

me vería en el rostro tanta ventura cierta

¡que me dejó el infante en los brazos dormido!”

La voz de madre | La Malinche
Gabriela Mistral y sus estudiantes. Foto del archivo Andrés Bello

Es un poema en el que ella se vuelve madre, donde asume ese rol con un niño ajeno, desconocido hasta que lo vio llorar y lo acercó a su pecho. Se diría que fue el niño y su propia dulzura los que la volvieron fecunda. Es un rol de madre sustituta que va apareciendo en otros textos. El hecho de que la maternidad no sea propia no solo tiene que ver con un aspecto biográfico, sino que puede tener una explicación en el poema “Futuro”, también en Desolación, donde dice que por estar hurgando en las sepulturas no habría niño que naciera de ella, pues solo dedicaba su tiempo a los muertos. En ese sentido, la maternidad solo podría ser de otras, pese a que ella misma manifestara un sentido de amor maternal.

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Pero ya en Ternura la maternidad de la voz poética no es producto de una suplantación y ella ya no se ocupa tanto de los muertos. Quien habla es la única madre y los niños a los que se refiere son sus hijos. Es ella la que les da su pecho, es ella quien los arrulla y ellos son suyos. Gabriela Mistral nunca tuvo hijos, tan solo ayudó como madre sustituta a su hermano, cuidando de su hijo Yin Yin, que terminó suicidándose a los dieciocho años. Pero para la publicación de Ternura todavía Yin Yin no existía. Ella arrulla a hijos que no tuvo, les escribe a hijos que no tuvo y en “Canción de la muerte”, como una premonición, pide que la Muerte no encuentre a su hijo y se quiere entregar antes ella que dejar que él se muera. Después su hijo murió. Yin Yin murió.

La voz de madre | La Malinche
Gabriela Mistral en Santiago de Chile en 1954. Fotografía tomada del archivo de la Biblioteca Nacional Digital de Santiago de Chile

Gabriela Mistral acogió en su poesía la voz de madre. Transluce un deseo de maternidad en sus escritos, sobre todo en los del comienzo. Siempre me ha angustiado ese rol que asume, esas maternidades que suplanta. A veces las leo como una profunda nostalgia de lo que no pudo ser en su vida. El no haber podido dar a luz a un hijo pese a que quizás lo quiso. Pero a veces también siento que no hay en ella esa nostalgia de la pérdida o del sueño que no se alcanzó, o que solo la había al principio. Pienso que adquirió una convicción de que había otras formas de la maternidad.

Ya en “La maestra rural”, ella decía que en el solar del hijo había más de la maestra que de la madre, y en el mismo “Niño solo” es la alegría de tener al niño en los brazos lo que la hace merecedora de cuidarlo, no una cuestión biológica o de cercanía, pues ni siquiera lo conocía previamente. Y en Ternura asume totalmente esa maternidad posible más allá del dar a luz físico. Con esos cantos, esas rondas y esos arrullos van protegiendo y mimando. Tal vez en la escritura, así como en la docencia, encontró otras formas de ser madre y entiende que la maternidad no es solo aquella de quien sufre el parto, sino como un asunto de cuidado hacia esos hijos.

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Colaboración de: Ariadna Carbonell

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