Sin duda alguna, La última niebla es una obra verdaderamente excepcional en la tradición de la narrativa chilena. Su extrañeza consistió en la exploración de una construcción narrativa que no siguiera los preceptos del naturalismo que había guiado a la prosa chilena hasta entonces. María Luisa Bombal crea un mundo en el que se entremezclan registros de realidad, de sueño y de deseo desde los ojos de una narradora que expresa su intimidad en la escritura.
Desde el título de la novela, la niebla aparece como un elemento central que articula los registros de la narración. Al principio, la neblina surge como una condición estacional que caracteriza la atmosfera de la hacienda a la que la protagonista llega con su esposo. Sin embargo, a medida que avanza la acción, le niebla se hace más espesa hasta que encierra a la voz poética en una espacialidad difusa donde se entremezclan los objetos. Las siluetas se difuminan y la luz se atenúa a tal punto que el horizonte aparece velado, oculto a los ojos de la protagonista que ahora inaugura una percepción nueva, ya no referida al mundo exterior, pues esté ahora es incierto, sino a su propia vida interior.
Además, la presencia enceguecedora de la niebla les confiere a los objetos un carácter de inmovilidad definitiva: parece que los árboles, la casa y los personajes desdibujan sus líneas y se hacen sombras quietas y muertas, inmunes al paso del tiempo y de la vida. Podría ser, entonces, que la niebla funcione como metáfora de la inmovilidad que envuelve a la protagonista, atrapada hasta el sofoco por los rígidos estamentos matrimoniales de la sociedad del momento: ella se ha casado con un hombre al que no ama, para quien es absolutamente invisible e insignificante y, temerosa de una huida que no implique el cese de su propia vida, se ahoga en una unión que no promete más que la inmovilidad que, como la niebla, apaga todo a su paso.

Luisa Bombal crea un mundo en el que se entremezclan registros de realidad, de sueño y de deseo desde los ojos de una narradora que expresa su intimidad en la escritura.
Si quieres saber más sobre la vida de la chilena, te invitamos a visitar la Biografía de María Luisa Bombal.
Desde el título de la novela, la niebla aparece como un elemento central que articula los registros de la narración. Al principio, la neblina surge como una condición estacional que caracteriza la atmosfera de la hacienda a la que la protagonista llega con su esposo. Sin embargo, a medida que avanza la acción, le niebla se hace más espesa hasta que encierra a la voz poética en una espacialidad difusa donde se entremezclan los objetos. Las siluetas se difuminan y la luz se atenúa a tal punto que el horizonte aparece velado, oculto a los ojos de la protagonista que ahora inaugura una percepción nueva, ya no referida al mundo exterior, pues esté ahora es incierto, sino a su propia vida interior.
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Además, la presencia enceguecedora de la niebla les confiere a los objetos un carácter de inmovilidad definitiva: parece que los árboles, la casa y los personajes desdibujan sus líneas y se hacen sombras quietas y muertas, inmunes al paso del tiempo y de la vida. Podría ser, entonces, que la niebla funcione como metáfora de la inmovilidad que envuelve a la protagonista, atrapada hasta el sofoco por los rígidos estamentos matrimoniales de la sociedad del momento: ella se ha casado con un hombre al que no ama, para quien es absolutamente invisible e insignificante y, temerosa de una huida que no implique el cese de su propia vida, se ahoga en una unión que no promete más que la inmovilidad que, como la niebla, apaga todo a su paso.
«La noche y la neblina pueden aletear en vano contra los vidrios de la ventana, no conseguirán infiltrar en este cuarto un solo átomo de muerte».
Así, la neblina es el paso que une la realidad y el ensueño: en ella las formas se difuminan y el registro de la realidad tiene su fin abriendo paso a un registro onírico donde la protagonista materializa sus deseos. Como marca del cruce entre esos registros, la neblina es la condición para el encuentro con el misterioso hombre que la acercaría a la plenitud de la experiencia erótica, pero a la vez marca el fin de esa felicidad soñada en su choque fulminante con la realidad.

Entonces, no se trata de una resolución metafísica donde se postule que la realidad es un sueño, o que el soñador sueña que es real como en la parábola de Chiang Tzu, donde el hombre sueña que es una mariposa y luego ya no sabe si es una mariposa que sueña que es un hombre, o un hombre que sueña que es una mariposa. En La última niebla, en cambio, ambas esferas son el impulso vital de la protagonista: la novela no debate en qué registro vive el hombre, sino que propone la representación sincera de la realidad de una mujer atada a un mundo que la ahoga e impulsada solo por la esperanza de un encuentro que la libere del espesor de la niebla que está a punto de devorarla.
Lee más sobre La última niebla en nuestros Fragmentos de la obra de María Luisa Bombal.
Esa sinceridad narrativa se expresa en una escritura que no pretende reconstruir la vida ni el entorno de los personajes. Bombal no se preocupa por informar al lector para ponerlo en contexto, ni por volver atrás en la vida de los personajes para revelar historias pasadas. La novela inicia y termina con un relato que es puro presente: la protagonista escribe, quizá a forma de un diario, como contándose a sí misma solo para ella. El lector debe entrar entonces a un espacio íntimo que le reclama silencio: al leer debemos hacernos uno con ella, entrar en sus ojos para ver el mundo como ella lo ve, reconocer todo cuanto le es familiar y atemorizarnos ante todo lo que le es desconocido. De hecho, las primeras palabras que cruzan ella y su esposo en la novela son:
«- ¿Qué te pasa? – le pregunto.
-Te miro- me contesta-. Te miro y pienso que te conozco demasiado…»
Y luego ella dice que también lo conoce demasiado, y luego nosotros también lo conocemos demasiado. Al entrar al juego de la narración reconocemos de inmediato la casa, y los objetos en ella y a los personajes y sabemos, con la protagonista, que la niebla se acerca y nos amenaza.
Del mismo modo, los objetos que aparecen en la obra no son descritos a la manera naturalista que los presentaba al lector desde una mirada objetiva, por el contrario, aparecen como acciones en el presente de la protagonista: la mirada de ella no busca dar cuenta de ellos para el lector, sino que los incorpora a la escritura desde su experiencia. Y esa experiencia está estructurada por una espera, definitiva y vital, del amor como posibilidad del encuentro sincero con otro. La naturaleza no es entonces un mero artefacto decorativo del mundo de la novela, sino que se narra desde una percepción personal que la llena de significados subjetivos: el agua la acaricia, el viento le besa la espalda y la niebla, en cambio, la abraza fuerte hasta dejarla al borde de la muerte.
Si te gusto este texto, visita nuestro artículo: Un breve comentario sobre «El árbol»: la luz del deseo.
Referencias:
María Luisa Bombal. (1941). La última niebla. Santiago de Chile: Editorial Nacimiento.

