Fragmentos de la obra de María Luisa Bombal

«El árbol» (1939)

«El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.

“Mozart, tal vez” —piensa Brígida. Como de costumbre se ha olvidado de pedir el programa. “Mozart, tal vez, o Scarlatti…” ¡Sabía tan poca música! Y no era porque no tuviese oído ni afición. De niña fue ella quien reclamó lecciones de piano; nadie necesitó imponérselas, como a sus hermanas. Sus hermanas, sin embargo, tocaban ahora correctamente y descifraban a primera vista, en tanto que ella… Ella había abandonado los estudios al año de iniciarlos. La razón de su inconsecuencia era tan sencilla como vergonzosa: jamás había conseguido aprender la llave de Fa, jamás. “No comprendo, no me alcanza la memoria más que para la llave de Sol”. ¡La indignación de su padre! “¡A cualquiera le doy esta carga de un infeliz viudo con varias hijas que educar! ¡Pobre Carmen! Seguramente habría sufrido por Brígida. Es retardada esta criatura”.

(…)

El verano deshojaba su ardiente calendario. Caían páginas luminosas y enceguecedoras como espadas de oro, y páginas de una humedad malsana como el aliento de los pantanos; caían páginas de furiosa y breve tormenta, y páginas de viento caluroso, del viento que trae el “clavel del aire” y lo cuelga del inmenso gomero.

Algunos niños solían jugar al escondite entre las enormes raíces convulsas que levantaban las baldosas de la acera, y el árbol se llenaba de risas y de cuchicheos. Entonces ella se asomaba a la ventana y golpeaba las manos; los niños se dispersaban asustados, sin reparar en su sonrisa de niña que a su vez desea participar en el juego.

Solitaria, permanecía largo rato acodada en la ventana mirando el oscilar del follaje —siempre corría alguna brisa en aquella calle que se despeñaba directamente hasta el río— y era como hundir la mirada en un agua movediza o en el fuego inquieto de una chimenea. Una podía pasarse así las horas muertas, vacía de todo pensamiento, atontada de bienestar».

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Palabras de agradecimiento de María Luisa Bombal para una reunión de escritores, poetas e intelectuales que tuvo lugar en Santiago de Chile en 1979. Tomado del archivo de la Biblioteca Nacional Digital de Chile

Si te gusto este texto, visita nuestro artículo: Un breve comentario sobre «El árbol»: la luz del deseo.

LA amortajada (1938)

Y luego de que hubo anochecido, se le entreabrieron los ojos. Oh, muy poco, muy poco. Era como si quisiera mirar escondida detrás de sus largas pestañas. A la llama de los altos cirios, cuantos la velaban se inclinaron, entonces, para observar la limpieza y la transparencia de aquella franja de pupila que la muerte no había logrado empañar. Respetuosamente maravillados se inclinaban, sin saber que Ella los veía.

Porque ella veía, sentía.

Y es así como se ve inmóvil, tendida boca arriba en el amplio lecho revestido ahora de las sábanas bordadas, perfumadas de espliego, -que se guardan siempre bajo llave- y se ve envuelta en aquel batón de raso blanco que solía volverla tan grácil.
Levemente cruzadas sobre el pecho y oprimiendo un crucifijo, vislumbra sus manos; sus manos que han adquirido la delicadeza frívola de dos palomas sosegadas. Ya no lo incomoda bajo la nuca esa espesa mata de pelo que durante su enfermedad se iba volviendo, minuto por minuto, más húmeda y más pesada.
Consiguieron, al fin, desenmarañarla, alisarla, dividirla sobre la frente. Han descuidado, es cierto, recogerla. Pero ella no ignora que la masa sombría de una cabellera desplegada presta a toda mujer extendida y durmiendo un ceño de misterio, un perturbador encanto.

Y de repente se siente sin una sola arruga, pálida y bella como nunca.

La invade una inmensa alegría, que puedan admirarla así, los que ya no la recordaban sino por fútiles inquietudes, marchita por algunas penas y el aire cortante de la hacienda.

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María Luisa Bombal en París

La última niebla (1935)

«El vendaval de la noche anterior había removido las tejas de la vieja casa de campo. Cuando llegamos, la lluvia goteaba en todos los cuartos.

-Los techos no están preparados para un invierno semejante -dijeron los criados al introducirnos en la sala y como echaran sobre mí una mirada de extrañeza, Daniel explicó rápidamente:
-Mi prima y yo, nos casamos esta mañana. Tuve dos segundos de perplejidad.
-«Poe muy poca importancia que se haya dado a nuestro repentino enlace, Daniel debió haber advertido a la gente» -pensé escandalizada.

A la verdad, desde que el coche franqueó los límites de la hacienda, mi marido se había mostrado nervioso, casi agresivo. Y era natural. Hacía apenas un año que había efectuado el mismo trayecto con su primera mujer, aquella muchacha huraña y flaca a quién adoraba y que moría, tan inesperadamente, tres meses después. Pero ahora, ahora hay maldad en la mirada con la que me envuelve de pies a cabeza. Ahora sus labios se repliegan como con ganas de morder.

(…)

Una nueva y violenta racha de lluvia se descarga contra los vidrios. Allá, en el fondo del parque, oigo acercarse y alejarse el incesante ladrido de los perros. Daniel se levanta y toma la lámpara. Echa a andar. Mientras lo sigo, arrebujada, compruebo que sus sarcasmos no hacen sino revolverse contra él mismo. Está lívido y parece sufrir.

Al entrar en el dormitorio, suelta la lámpara y vuelve rápidamente la cabeza a la par que una especie de ronquido que no alcanza a reprimir, le desgarra la garganta. La miro extrañada. Tardo un segundo en comprender que está llorando».

Si te gustó este texto, te invitamos a leer el artículo: «La última niebla»: entre la inmovilidad y la huida.