Fragmentos de la obra de Clarice Lispector

Un soplo de vida (1977)

«Esto es una lamentación, es el grito de un ave de rapiña. Irisada e
inquieta. Un beso en la cara muerta. Escribo como si fuese a salvar la vida de alguien. Probablemente mi propia vida. Vivir es una especie de locura que comete la muerte. Porque en ellos vivimos. Vivan los muertos. De repente las cosas no tienen que tener sentido. Me satisfago en ver. ¿Tú eres? Estoy seguro de que sí. El sinsentido de las cosas me provoca una sonrisa de complacencia. Todo, sin duda debe de estar siendo lo que es. Hoy es un día de nada. Hoy es hora cero. ¿Existe por casualidad un número que no sea nada? ¿Qué es menos que cero? ¿Qué comienza en lo que nunca ha comenzado porque siempre era?, y ¿era antes de siempre? Me adhiero a esta usencia vital y rejuvenezco por entero, al mismo tiempo contenido y total. Redondo sin principio ni fin, soy el punto antes del cero y del punto final. Camino sin parar del cero al infinito. Pero al mismo tiempo todo es tan fugaz. Siempre fui e inmediatamente dejaba de ser. El día transcurre a su aire y hay abismos del silencio en mí. La sombra de mi alma es el cuerpo. El cuerpo es la sombra de mi alma. Este libro es la sombra de mí».

Fragmentos Clarice Lispector | La Malinche
Manuscrito de «Un soplo de vida». Clarice Lispector componía sus obras escribiendo en trozos de papel que luego unía con cintas

LA hora de la estrella (1977)

«Todo en el mundo comenzó con un sí. Una molécula le dijo sí a otra molécula
y nació la vida. Pero antes de la prehistoria estaba la prehistoria de la
prehistoria y existía el nunca y existía el sí. Siempre lo hubo. No sé cómo,
pero sé que el universo jamás comenzó. Que nadie se engañe, sólo consigo la
simplicidad a través de mucho trabajo. Mientras tenga preguntas y no haya respuestas continuaré escribiendo. ¿Cómo comenzar por el principio si las cosas suceden antes de suceder? ¿Si antes de la pre-pre-prehistoria ya estaban los monstruos apocalípticos? Si esta historia no existe, pasará a existir. Pensar es un acto. Sentir es un hecho. Los dos juntos — soy yo que escribo lo que estoy
escribiendo. Dios es el mundo. La verdad siempre es un contacto interior e
inexplicable. Mi vida más verdadera es irreconocible, extremadamente interior y
no tiene una sola palabra que pueda significarla. Mi corazón se vació de todo
deseo reduciéndose al primer y último latido. El dolor de muelas que atraviesa esta historia me dio en la boca una punzada profunda. Entonces canto alto y agudo una melodía sincopada y estridente: es mi propio dolor, yo que cargo con el mundo y la felicidad escasea. ¿Felicidad? Nunca vi palabra más demente, inventada por las nordestinas que andan por ahí a montones».

«Escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres. Escribo porque soy un desesperado y estoy cansado, no aguanto más la rutina de serme y si no fuese la sempiterna novedad de escribir, me moriría simbólicamente todos los días. Pero estoy preparado para salir discretamente por la puerta del fondo. Experimenté casi todo, incluso la pasión y su desesperación. Yo ahora sólo querría tener lo que hubiese sido y no fui».

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Última nota manuscrita de Clarice Lispector. La autora la escribió en un hospital de Río de Janeiro el 7 de diciembre de 1977 y falleció dos días después. Fotografía del archivo del Instituto Moreira Salles

Agua viva (1973)

«Es con una alegría tan profunda. Es un aleluya tal.
Aleluya, grito, aleluya que se funde con el más oscuro alarido humano de dolor
de separación pero que es un grito de felicidad diabólica. Porque ya nadie me
ata. Sigo con capacidad de razonar –he estudiado matemáticas, que son la locura
de la razón– pero ahora quiero el plasma, quiero alimentarme directamente de la placenta. Tengo un poco de miedo: miedo de entregarme, porque el próximo
instante es lo desconocido. ¿El próximo instante está hecho por mí? ¿O se hace
solo? Lo hacemos juntos con la respiración. Y con una desenvoltura de torero en
la arena».

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Libreta de Clarice Lispector con sus anotaciones. Fotografía del archivo del Instituto Moreira Salles

Cuentos reunidos (2017)

Selección de: Sebastián Moreno

«Yo, que entiendo el cuerpo. Y sus crueles exigencias. Siempre conocí el
cuerpo. Su torbellino atolondrante. El cuerpo grave. (Personaje mío todavía sin
nombre.)».

«Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios, más frío que el agua. Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra. Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida…»

«Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde chorreaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago. Era la vida que volvía, y con ella se encharcó todo el interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos.
Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde salía el agua».

«Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se casó era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había emergido de ella muy pronto para descubrir que también sin felicidad se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja con persistencia, continuidad, alegría…»

Si quieres saber más sobre la vida y la obra de Clarice Lispector, te invitamos a leer la biografía de la autora.