Fragmentos de «Cuadernos de una muchacha muda» (1951)

«Las páginas de este Diario, escrito en un viejo cuaderno de tapas rojas, pertenecen a una muchacha muda que existió hace algún tiempo, en una ciudad cualquiera.

ANOCHE estuve pensando en pequeñas cosas de mi infancia. Comencé por recordar cuántas baldosas rotas tenía el primer patio de la casa. Estoy segura de que eran diecisiete, completamente segura. Las conté un día en que me habían comprado zapatos nuevos y en el que había decidido pisar sólo las que estuvieran enteras. Y creo que, a pesar de ser algo pueril, nunca podré olvidarme de que eran diecisiete las baldosas trizadas en el primer patio de la casa.

En cambio, hay otras cosas realmente importantes que no puedo recordar por muchos esfuerzos que haga. Jamás he tenido una idea clara de por qué decidieron mandarme a la ciudad. Apenas recuerdo alguna que otra conversación aislada en la que se evitaba hablar abiertamente de mi próxima partida. Pero cómo me dieron la noticia es algo que no puedo recordar. Nunca he sospechado qué razón tuvieron para hacerlo y francamente creo que no me la dieron. Aunque no podría asegurarlo.

A veces se me ocurre que mi cuerpo es un camino largo y sombreado, y por la noche suelo sentir el galope monótono y triste de un caballo. Es un caballo ciego. Por eso recorre arriba y abajo el camino largo y sombreado de mi cuerpo.

Fragmentos de Cuadernos de una muchacha muda | La Malinche
«Cuadernos de una muchacha muda» (1951), editorial Botella al mar.

DE mi madre recuerdo algún gesto. Su mirada vaga, que sin fijarse sobre nada, estaba siempre como disculpándose. Mi madre vestía de negro y era en extremo pequeña y frágil. Jamás me quiso. Me miraba como si tuviera miedo de mí. Yo sabía que, al acercarme, ella se estremecía interiormente. Es cierto que nunca me rechazó, pero era porque yo lo evitaba o porque ella no tuvo fuerzas para hacerlo. Fue una curiosa relación la nuestra, regida íntimamente por el miedo, por una distancia helada que nos obligaba a desconocernos.

Anoche pensaba en ella, en su manía de cerrar las puertas, en ese ademán cuidadoso con que alisaba sus cabellos y sobre todo en su mirada vaga, atemorizada. No creo que llegue a quererla, pero me apena su recuerdo, su
presencia tan distante.

ME he puesto a pensar en mi muerte. Quise imaginarme cómo estaré entonces. Con mis manos tranquilas y livianas cruzadas sobre el pecho. Apenas pensé un momento, porque de pronto me acordé de aquel caballo en medio del campo. Mi madre me llevó a verlo. Recuerdo sus patas tiesas, su estómago hinchado como si fuera a estallar y sus ojos terriblemente confundidos con el pasto del potrero. Me puse a llorar desconsoladamente. En vano mi madre me decía que era sólo un animal. Yo lo sabía y precisamente por eso lloraba. Por ser animal lo dejaban así, solo, abandonado, hasta que los ojos se le hicieran pasto de tanto estar tirado en medio del potrero.

HOY siento ganas de hablar. Hablar más allá de la ronquera, más allá de la fatiga. Hablar y hablar hasta que mi cuerpo entero sea voz. Hasta que las estrellas sean mis voces. Hasta que el mundo sea sólo un grito: mi grito».

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