El 17 de octubre del 2004 Cristina Peri Rossi dio una entrevista que luego fue titulada por Aina Pérez Fondevila “Del deseo y sus excesos”. En la conversación, Peri Rossi esbozó ciertas cuestiones centrales de su libro Las estrategias del deseo (2004) y comentó algunos de los problemas que atraviesan su obra y su escritura.
El poemario en cuestión fue una producción significativamente novedosa entre la obra publicada de Peri Rossi. Su libro Solitario de amor (1988), por ejemplo, establece una descripción de la pasión del amor, Fantasías eróticas (1991) es un ensayo sobre el erotismo, pero en Las estrategias del deseo el problema del Eros adquiere un matiz particular a partir de la idea de que el amante es siempre un extranjero que indefectiblemente habita su soledad.

Así pues, podemos empezar por constatar que el Eros, el deseo y el amor son nociones fundamentales en la poética de la uruguaya; no solamente porque en sus obras suelen ser temas centrales, sino porque ella entiende el deseo como “el motor de la existencia” y de la escritura. Ese deseo no se trata solo del deseo sexual, sino del carácter primigenio de la vida en su ansia de compañía y unidad. Más aun, el pensamiento está atravesado por el deseo en la medida en que somos producto -en todo lo que nos constituye como sujetos- de la unión indisoluble entre el cuerpo y la mente: los cuerpos generan pensamientos y experiencias y en ellos se originan los deseos. En cuanto al tema del cuerpo-sexo Peri Rossi ha sido leída como una escritora de la llamada literatura lésbica, afirmación frente a la cual la autora ha demostrado varias veces su incomodidad. La uruguaya reconoce que hay una “voluptuosidad” especial en las relaciones entre mujeres, porque “la diferencia entre el hombre y la mujer es que él hace el amor para matar el deseo que tiene (porque lo vive como una pulsión urgente) y ella, en cambio, lo hace para empezar a desear”. Es más, Peri Rossi admite que asumirse lesbiana es una cuestión política que de una forma u otra ha marcado su escritura.
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No obstante, en el erotismo, antes de cualquier posicionamiento identitario, prima el cómo nos sentimos, por eso, para ella es más importante el encuentro amoroso en sí mismo, que la identidad sexual: cuando amamos ya no importan las categorías identitarias que nos han puesto allí -aunque, por supuesto, nunca se suspenden- sino la experiencia genuina de un amor que desborda las identidades. Junto a ello, Peri Rossi clama por una liberación del género: en cuanto nuestra experiencia depende de cómo nos sentimos, entonces el género tiene un componente imaginario.
Así, con esta doble problematización de la identidad -por un lado, en la experiencia erótica y, por otro, en la capacidad imaginativa del género- Peri Rossi afirma que el amante es siempre un extranjero o un exiliado, en el sentido de que nunca puede aprehender al ser amado. Eros implica el encuentro con una experiencia donde las categorías quedan desbordadas y donde el sujeto amado nunca deja de ser otro, diferente e inaprensible. Allí yace también la capacidad revolucionaria del amor: el amante hace de su vida el deseo, todo él se vuelve deseante y en esa búsqueda vital que no cesa reside la potencia más revolucionaria de todas. De ahí que Peri Rossi afirme que el sexo desordena el mundo y que por eso ha sido históricamente reglamentado y controlado.

De la misma forma, el escritor también es un revolucionario. La escritura es deseo, búsqueda y nostalgia de una unidad o una realidad de la cual el lenguaje no puede dar cuenta completamente. Para la uruguaya la literatura es inagotable, porque, allí en su incapacidad para dar cuenta de todo, da vida a un infinito de palabras, expresiones, miradas, voces y estilos. De ahí que Peri Rossi sea partidaria de una “escritura total”, es decir de una escritura que explora varios géneros y que se niega a ser encasillada en uno solo. Sumado a ello, en cuanto cualquier categoría resulta ser insuficiente para explicar la experiencia humana, erótica y literaria, la poética de la uruguaya parte de la premisa de que la reflexión es infinita porque la vida está siempre en el terreno de la paradoja, la ambivalencia y la contradicción: la realidad y el amor se escapan siempre y en ese constante estado de fuga adquieren su inaprensible valor.
Entonces, la literatura nos pone en el lugar del otro, en la medida en que desacomoda nuestra identidad para dar paso a una experiencia inefable. La literatura es, así, una experiencia erótica. Solo con ellas podemos desprendernos de la fijación sobre nosotros mismos: allí donde la diferencia del otro nos extasía, donde reconocemos que el otro es infinitamente anterior y más grande que nosotros mismos, se nos abre el mundo y, ungidos por el deseo, reconocemos que estamos vivos.
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