¿Qué tanto hemos pulido nuestras vidas con la certeza de la rutina como para hacer de ella un molde impermeable a lo extraño y a lo ajeno? ¿Qué tan seguros estamos de que por dentro de estas murallas que la cotidianidad ha erigido no habita con completa libertad el desconcierto de lo inaudito? Si tomamos distancia y vemos nuestra propia vida desenvolverse en su costumbre veremos que nada de normal y corriente tienen los motivos que nos mueven. Es por el contrario un dechado de prácticas inusuales, pensamientos extraños y decisiones nocivas y arbitrarias reveladas únicamente si pudiésemos leerlas como se lee un cuento. Tras leer El buen mal de Samanta Schweblin nos queda la inquietud de que la normalidad en nuestras vidas no puede darse por sentada por más consuetudinaria que esta sea.
El buen mal es el último libro de la escritora argentina Samanta Schweblin, publicado en marzo de 2025, y que sigue a otros tres libros de cuentos y dos novelas. Lo que mucho se repite acerca de este libro, y siento que en general de la literatura de Samanta Schweblin, es que en estos cuentos predomina la irrupción de lo “insólito”, de lo “inesperado” o de lo “fantástico” dentro de la realidad; sobre la cual la propia autora incluso parece no desmarcarse dada la insistencia de sus interlocutores al remarcar esta gran valía. Esta lectura nos presenta de manera reduccionista una frontera altamente porosa entre la realidad y la ficción. La realidad como un statu quo normal y acomodado que aun así presenta grietas y fisuras por donde la fantasía, lo extraño e inentendible se cuelan. La conclusión inevitable es que la realidad y la ficción son caras de una misma moneda.

En este caso, la lectura que tengo de esta colección de cuentos es quizás igual de obvia, no tan novedosa, pero al menos no tan repetitiva a la hora de hablar sobre los aciertos de los cuentos.
Podríamos estar de acuerdo en que en todos los cuentos aparece en algún momento de la narración esa grieta o fisura por donde se transpira lo llamado insólito e inusual o la rareza del mundo. Esto quiere decir que existe una frontera que separa un lado del otro y que ambos espacios viven independientes entre sí hasta que ocurre el suceso o el acontecimiento que favorece la filtración. Es, por ejemplo — y lo que vienen son spoilers— el método basado en la culpa que el vecino le ofrece a la protagonista del primer cuento “Bienvenida a la comunidad” para seguir con su vida después de un intento de suicidio ; o la “fractura” que poco a poco se va a abriendo en “William en la ventana” que parece alcanzar su cúspide cuando ambas mujeres creen que el fantasma del gato las persigue dentro de la casa, pero cuyo otero real es el final de la narración, con la huella imposible del esposo marcada en los azulejos del baño del hotel; o el secreto revelado (¿o no?) de quién llamaba y no hablaba al otro lado del teléfono en “El ojo en la garganta”. Estos momentos clave y decisivos dentro de cada cuento pueden leerse como quiebres de una barrera por donde la realidad y la ficción o lo insólito se mezclan indiscriminadamente generando, por supuesto, ese ambiente de extrañamiento e incomodidad tan propio de los cuentos. Sin embargo, resulta más llamativo y complejo advertir que ni siquiera existe ese material poroso a través del cual se hace pasar lo real hacia lo insólito y que desde el inicio, mucho antes de que esa “puerta” se abra, lo sórdido, lo extraño y el sin sentido ya convive con los personajes y que, por su naturaleza ordinaria y cotidiana, es imposible de identificar. La frontera, ese muro, — para seguir con esa analogía—, si lo hay, no sería una línea que separa, sino un muro que encierra. Ese muro que separa el todo de la nada, la vida de la muerte, devuelve como ecos ese desespero y asombro de los personajes, y cuando en su regreso son escuchados es cuando se dan cuenta de lo insólito, ahora sí, no de lo que acaba de entrar, sino de lo que siempre estuvo ahí.

Veamos algunos ejemplos puntuales de este enrarecimiento que nos incomoda como lectores y que se instaura desde el inicio de la narración sin que lo advirtamos en un primer momento y que nos deja en claro que la vida de estos personajes desde su cotidianidad más somera (¿acaso la nuestra también?) es así de inquietante e irreal.
***SPOILERS***
“Bienvenida a la comunidad” inicia con un intento de suicido fallido. Más allá del intento en sí mismo o su fracaso, lo que nos inquieta a los lectores, como a la misma protagonista, es la posibilidad de que esa angustia en vida pueda perpetuarse hasta la muerte y su eternidad: “No ser capaz de avanzar ni de retroceder, nunca más, en ninguna dirección” (10). El fondo del lago al que se arroja es ese muro que nos contiene y que separa, por qué no, a la realidad de la ficción. Pero la verdad es que más allá de la realidad no hay nada, solo la muerte, y esa cita con la verdad a la que llega la protagonista al darse cuenta de que morir no es tan sencillo, ni tan doloroso tampoco, la hace reconocer su cotidianidad vacía, perdida y sin rumbo. Esto último, por supuesto, ella ya lo sabe, pero vuelve a ella en ese momento como un eco que rebota allá en el muro que contiene a la realidad.
En “Un animal fabuloso” lo que nos desacomoda durante todo el cuento son los extraños comentarios de Peta. Mucho antes del momento de quiebre del cuento, en donde vemos a Peta ahora como caballo y se nos revela (o enturbia) el secreto de la narración, son estos comentarios del niño los que nos han minado la relación con la naturaleza extraña e incluso macabra del niño, con su comentario de “hacer como si sus papás estuvieran muertos” para no hablarles. Sin embargo, es la pregunta directa a la protagonista lo que nos hace también a nosotros como lectores reflexionar sobre la naturaleza de un acto tan repetitivo en nuestras vidas como el pan duro servido en la mesa: “¿Tú te despertaste alguna vez en el medio de la noche? Pero digo despertarse sin que nadie te despierte, despertarte de verdad” (39)

Como último ejemplo, lo que para mí fue el mejor cuento del libro: “William en la ventana”, por su sorpresa, sus giros insospechados, y porque realmente me aterré tanto como los personajes ante la posibilidad de un escenario sobrenatural. Tras la muerte del gato William, Denyse, la amiga escritora de la protagonista, empieza a escuchar los rasguños de ultratumba del gato dentro del hotel en donde se están quedando. La protagonista, incrédula, cree que su amiga está imaginando cosas por el shock de la noticia hasta que ella misma empieza a oír los mismos rasguños. La respuesta, la banal y mas sencilla realidad, concluye con la escena muy bien construida y vuelve a apaciguar los ánimos dentro del cuento. Sin embargo, el final de la narración vuelve a erizarnos la piel con la aparición de lo inexplicable, más allá de lo sobrenatural, que siempre ha estado presente en la vida de la protagonista.
Por último, el título El buen mal. Parece que en cada cuento descansa este oxímoron como regla inquebrantable. Una contradicción somete el destino de los protagonistas de cada cuento y se manifiesta en las decisiones, propias o ajenas, que trazan la felicidad o la tragedia de sus vidas. De este modo, cada personaje termina optando por un perjuicio a cambio de un provecho o viceversa. Así lo vemos en el final de “Bienvenida a la comunidad” con la solución ofrecida por el vecino a la protagonista de ejercer dolor a sus seres queridos para que la culpa la salve de la muerte; o el encuentro de “El Superior” en donde la amabilidad, la nostalgia y la soledad se unen con la violencia y el desespero; o finalmente en el cuento “La mujer de la Atlántida” en donde pareciera que —alguien podría decirlo de este modo — es el deseo de habitar y experimentar la poesía hasta sus últimas consecuencias lo que conduce a la hermana mayor de la protagonista a hundirse y perderse entre las olas de un picado mar a la madrugada.
Por: Samuel Colmenares
