Mi última vida

A veces me levanto con la sensación de que estoy en mi última vida. De que ya no me alcanza el tiempo para ver todo lo que quiero ver. Y a pesar de que ya amé mucho, ya me fui muy lejos,  ya me enamoré de muchos ojos y de otras tantas ideas, y ya lloré hasta que me dieron ganas de vomitar, me faltan vidas para sentir.

Y quizás es por eso mismo, porque ya me emborraché en miradas, y ya me quedé inmóvil cuando todo el mundo salió a jugar a enamorarse. Y ya me desnudé frente a quien no lo merecía. Y porque ya rogué que me rompieran el corazón, es que ahora estoy entumecida, lejana, e intocable. Y aunque dentro de esta vida he encontrado la manera de agolpar muchas otras pequeñitas, todavía no he aprendido a quedarme callada. No sé cuántas vidas me hacen falta para dejar de huirle al silencio. En mi casa siempre había música y caos; quizás por eso ahora pienso que sin eso no hay amor.

El otro día me miré al espejo y pude haber jurado que en algún momento fui un gato. Egoísta, independiente y muy solo. Puede que en otra vida también haya sido un hombre, y por eso a veces camino por ahí como si el mundo fuera mío. Igual y en alguna otra fui un pez, y por eso ahora no puedo contemplar el mar sin desconectarme de mi cuerpo. Hay algo en lo absoluto que me aterra, por lo que se me ocurre que por un breve instante pude haber sido la muerte.

Pero en esta ronda me toca ser yo, y parece que lo único que me queda es derretirme ante la mera presencia de la belleza. Cuando me canso de ser valiente intento acordarme que de tanto en tanto vale la pena dejar que las cosas me atraviesen, como si fuera una nube. En esta vuelta me tocó ser suave y repartir pedacitos de mí a quién los necesite. El problema es que luego por las noches me hace falta ese que le regalé a mis amigos, y en las madrugadas el que le dejé a mi mamá cuando nos despedimos.

A veces, cuando tengo más miedo, me acuerdo de ella y de sus cigarrillos, de sus abrazos y sus canciones, y no puedo reprocharle el haberme convertido en un espejo. Ni siquiera cuando se me llenan los ojos de lágrimas al ver a la gente bailando. Ni cuando mis pensamientos comienzan a llegar todos de golpe y me doy cuenta de que no puedo correr a la misma velocidad que ellos. Ni cuando extraño tanto que siento que me voy a desaparecer. Ana me dijo el otro día que es por eso que nos quisimos tan rápido, ella también va dejando pedacitos por ahí, supongo. Yo tengo un par de ellos guardados en mi cajón.

Por: Alexandra Yepes


Deja un comentario