Como ignorante de cierta tradición literaria y como lector bogotano que nunca ha pisado suelo barranquillero, al empezar a leer Altasangre de Claudia Amador fue inevitable no preguntarse qué se desconoce más, si la literatura de ciencia ficción sobre vampiros en Colombia o la experiencia de asistir al carnaval de Barranquilla.
Cuando pensamos en vampiros de tierras cálidas podemos rastrear la línea más obvia que nos lleva hasta el “gótico tropical” que inaugura Mutis con la Araucaima, aunque recientemente Pilar Quintana en su Lado oscuro diga que llega hasta María de Isaacs. De Mutis en adelante están los cuentos de Andrés Caicedo en donde el mismo Conde, por ejemplo, se devora a un pobre hombrecito fundador de un cineclub de películas de vampiros, más toda la parafernalia del Grupo de Cali con Pura Sangre y Carne de tu carne. A pesar de que en estas dos películas no haya vampiros propiamente, en la primera la gente de Cali especula con la presencia de uno, y en la segunda hay una escena en donde Margareth bebe sangre del agujero de un balazo.
Desconozco qué tanto o poco se ha explorado la relación entre los vampiros y el trópico en obras juiciosamente estudiadas por Ricardo Burgos López en su trabajo Unos cuantos vampiros colombianos en donde se abordan obras de Carolina Andújar (otra caleña), Andrés García Londoño y Fernando Romero Loaiza, o en obras como Vampiros en Melgar de Miguel Mendoza Luna, a pesar del título tan sugerente.
Por tanto, podemos afirmar con un pequeño puñado de títulos que los vampiros ya han llegado y desde hace mucho a la literatura colombiana, y sin mencionar a toda la tradición chupasangre latinoamericana. ¿Qué de nuevo propone entonces Altasangre de Claudia Amador respecto a los vampiros y el trópico?
En primer lugar, alguien podría aventurarse a decir que la familia Ventorroso es una alegoría de las familias, castas y clanes más rancias de la costa colombiana en Barranquilla. Vampiros de alta sociedad (¿existen los vampiros de baja sociedad? ¿O están condenados a una vida aristocrática?) que se enriquecen a costa del pueblo al tiempo que los desangran. La familia Ventorroso como representación de un poder intransigente e inamovible sirve de excusa para abordar temas como la tradición y su ruptura; el continuismo y la renovación generacional con la disputa entre Julia Ventorroso y su nieta Julieta que dicho sea de paso recuerda mucho a la relación entre Consuelo y Aura en Aura en donde abuela y nieta son la misma persona; así como una crítica del pueblo sumiso y pusilánime que en la novela no tiene una representación significativa.

El punto de partida de la novela es un dispositivo social y político controlado por vampiros en Barranquilla. En especial Julia Ventorroso, ama y señora, descendiente de una estirpe de vampiros purasangre legítima y milenaria. A partir de esto la autora es muy creativa en imaginar el funcionamiento y mantenimiento de esta maquinaria cuyo dínamo es la sangre humana. Esta industria social y política funciona gracias al sometimiento de ciertos humanos, aunque bajo un contrato laboral con todas las prestaciones de ley, cuyo trabajo es el de “ser desangrados hasta el borde de la muerte, pero sin alcanzarla” con el fin de producir la Sanguina, una mezcla de sangre y otras sustancias que mantiene el statu quo de una sociedad clasista y elitista. De esta manera conviven los purasangre, quienes manejan todas estas cadenas operatorias; los mixtos que son una mezcla de sangre humana y vampiros al servicio de los purasangre, representados por Katiuska y Osiris y en especial por Enriqueta; y los humanos comunes y corrientes. Esta separación de clases sociales sostenida por una maquinaria corporativa que opera desde la lógica y la razón del desangramiento es llamativa. Hay un esfuerzo por imaginar un mundo creíble y con sentido, y las relaciones que se tejen entre personajes y contextos responde a un trabajo exhaustivo y meditado de creación.
Esta sociedad es la Barranquillera, más allá de que los hechos suceden en la ciudad, se menciona la Via 40, así como el diario El Tiempo que bien podría haber sido cualquier otro diario pues su mención ni quita ni pone a la novela.
Por otro lado, la representación de la música es quizás el mayor fuerte de la novela. Aquí la música tiene el papel de mediador entre dos mundos, el terrenal en donde la gente espera la coronación de la reina del carnaval, y el «espiritual», que bebe de una tradición afrocaribeña, en donde espíritus, fantasmas (las «malas lenguas») y el propio diablo aparecen como personajes. Así, durante la novela hay un constante tránsito de los protagonistas a través de “El Pegue de los dos Mundos” que une ambos escenarios mientras suena Rey Barreto, retumba algún tambor de cumbia o el diabólico blues que suena en algún momento. La novela tiene su propio soundtrack con clásicos de salsa, bullerengues y chandés que intentan resaltar ese extraño oxímoron que sentimos al pensar en vampiros bailando al son de la tambora en el carnaval de Barranquilla. Gracias a la música la novela nos regala la escena, a mi parecer, mejor lograda: Julieta Ventorroso bailando durante un trance en el ensayo de su coronación muy al inicio de la narración.
Más allá de este mundo vampírico bien armado y lógico, y de la articulación de la música como elemento transversal a la novela no hay otra característica que brille con particular fascinación. El estilo de la prosa es limpio y preciso, pero no puntualmente rutilante; las reflexiones que plantea son pasajeras, así como sus personajes, y no existen momentos deslumbrantes dentro de la narración que lo dejen a uno perplejo y extrañado frente al texto, más allá de sentencias y máximas edulcoradas.
El tiempo dirá cuáles de estos cuatro libros que han ganado el premio Elisa Mujica desde el año 2018, más lo que ganen en el futuro, serán los que se seguirán leyendo y reeditando a la vuelta de algunos años.
Por: Leonardo Consuegra
