EL PRECIOSISMO DE MEIRA DELMAR

El preciosismo de Meira Delmar | La Malinche blog

La poeta Meira Delmar nació en Barranquilla en 1922 y resulta anecdótico que se encuentren en las referencias biográficas dos posibles fechas de nacimiento, el 22 de abril y el 22 de agosto de ese año. Era hija de inmigrantes libaneses y su nombre de pila era Olga Chams Eljach.

Es una de las voces femeninas más importantes de la poesía colombiana y los cinco poemas que compartimos darán la explicación. Reconozco que fue muy difícil su escogencia y no tengo explicación válida para ella.  Puedo decir que no hay razón para pensar que alguno de estos poemas fuera mejor que cualquier otro que haya publicado.

Meira Delmar murió en marzo de 2009, después de haber publicado media docena de libros de poemas y dirigido la Biblioteca Departamental del Atlántico durante 36 años.

La tarde

Te contaré la tarde, amigo mío.

La tarde de campanas y violetas

que suben lentamente a su pequeño

firmamento de aroma…

La tarde en que no estás.

El tiempo, detenido, se desborda

como un dorado río,

y deja ver en su lejano fondo

no sé qué cosas olvidadas.

El día vuelve aún en una ráfaga

de sol,

y fija mariposas de oro

en el cristal del aire…

Hay una flauta en el silencio, una

melancólica boca enamorada,

y en la torre teñida de crepúsculo

repiten su blancura las palomas.

La tarde en que no estás… La tarde

en que te quiero.

Alguien, que no conozco,

abre secretamente los jazmines.

Futuro

Vengo de la tristeza de tu olvido futuro

como de alguna extraña ciudad deshabitada.

Crucé tu voz de ahora, tu corazón de ahora,

el cielo que comienza detrás de tus palabras,

y me encontré en un tiempo donde ya no volvían

tus ojos y mis ojos de una misma distancia.

Y vi crecer en torno sombras de ruinas, vagos

espectros de jazmines, de tardes con ventanas

abiertas al arroyo de lumbre del verano

y a la lluvia que el aire revestía de arpas.

Y vi también tu frente de soledad, de frío.

El ángel de mi nombre en ella agonizaba.

Y regresé temblando de la indecible noche.

Con la sangre sin júbilo. Con el rostro sin lágrimas.

Como quien vuelve un día de contemplar su muerte,

o como el que cruzando la primavera, pasa

junto al dolor pequeño de una golondrina

inmóvil para siempre sobre la tierra clara.

…En mis manos, lo mismo que una gota de oro,

está cayendo el alba.

Huésped sin sombra

Nada deja mi paso por la tierra.

En el momento del callado viaje,

he de llevar lo que al nacer me traje:

el rostro en paz y el corazón en guerra.

Ninguna voz repetirá la mía

de nostálgico ardor y fiel asombro.

La voz estremecida con que nombro

el mar, la rosa, la melancolía.

No volverán mis ojos, renacidos

de la noche a la vida siempre ilesa,

a beber como un vino la belleza

de los mágicos cielos encendidos.

Esta sangre sedienta de hermosura

por otras venas no será cobrada.

No habrá manos que tomen, de pasada,

la viva antorcha que en mis manos dura.

Ni frente que mi sueño mutilado

recoja y cumpla victoriosamente.

Conjuga mi existir tiempo presente

sin futuro después de su pasado.

Término de mí misma, me rodeo

con el anillo cegador del canto.

Vana marea de pasión y llanto

en mí naufraga cuanto miro y creo.

A nadie doy mi soledad. Conmigo

vuelve a la orilla del pavor, ignota.

Mido en silencio la final derrota.

Tiemblo del día. Pero no lo digo.

Regresos

Quiero volver a la que un día

llamamos todos nuestra casa.

Subir las viejas escaleras,

abrir las puertas, las ventanas.

Quiero quedarme un rato, un rato

oyendo aquella misma lluvia

que nunca supe a ciencia cierta

si era de agua o si era música.

Quiero salir a los balcones

donde una niña se asomaba

a ver llegar las golondrinas

que con diciembre regresaban.

Tal vez la encuentre todavía

fijos los ojos en el tiempo,

con una llama de distancias

en la pequeña frente ardiendo.

Quiero cruzar el patio tibio

de sol y rosas y cigarras.

Tocar los muros encalados,

el eco ausente de las jaulas.

Acaso aún estén volando

en torno suyo las palomas,

y me señalen el camino

que va borrándose en la sombra.

Quiero saber si lo que busco

queda en el sueño o en la infancia.

Que voy perdida y he de hallarme

en otro sitio, rostro y alma.

Soledad

Nada igual a esta dicha

de sentirme tan sola

en mitad de la tarde

y en mitad del trigal;

bajo el cielo de estío

y en los brazos del viento,

soy una espiga más.

Nada tengo en el alma.

Ni una pena pequeña,

ni un recuerdo lejano

que me hiciera soñar…

Sólo tengo esta dicha

de estar sola en la tarde

¡con la tarde no más!

Un silencio muy largo

va cayendo en el trigo,

porque ya el sol se aleja

y ya el viento se va;

¡quien me diera por siempre

esta dicha increíble

de ser, sola y serena,

un milagro de paz!


Por: El lector de la calle

Los poemas incluidos en esta selección fueron tomados Alguien pasa (2007), antología publicada por la Universidad Externado de Colombia

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