Mi confusión se debe a que un tapiz está hecho con tantos hilos que no puedo limitarme a seguir uno solo, mi enredo se debe a que una historia está hecha de muchas historias. Y no todas puedo contarlas.
Clarice Lispector, “Los desastres de Sofía”
Leer, en algunos casos, exige atar cabos, unir eslabones. Cuando leemos, recordamos otros textos que hemos leído y que nos hablan un poco de lo mismo que estamos leyendo: autores, citas, libros, artículos, películas, lugares, nombres, personas, experiencias. Eventualmente, si elegimos distraernos y abandonar por un momento el libro que leemos, tendremos otro texto paralelo tejiéndose con la rueca de nuestros recuerdos. Mientras leía Punto de cruz, de la escritora mexicana Jazmina Barrera, y publicado por Laguna Libros este año, había una historia de mi vida, otro texto paralelo, que era inevitable recordar. Este hilo, permaneció suelto, como en una prenda cuando se desata una hebra, hasta que una puntada hacia el final del libro me hizo reconocer un tejido que unía indiscutiblemente mi experiencia personal con la de los personajes, y quien sabe, puede que también con la de la propia autora.
En esta novela, Jazmina Barrera nos cuenta una historia desde lo que significa y representa la labor de tejer con relación a lo femenino y el ser mujer desde momentos puntuales de la historia de la humanidad, desde la literatura, hasta la mitología. Abundan las metáforas alusivas al bordado, y cada cierto tiempo el texto se teje gráficamente con puntadas de tinta hechas en el papel. En Punto de cruz, la historia se desata con la muerte de Citlali. Mila, la protagonista, quien cuenta la historia y quien fue amiga de Citlali desde la preparatoria, está encargada de organizar una ceremonia de despedida. Buscando los teléfonos de viejos amigos a quien llamar, Mila encuentra una libreta de viaje, de esa vez que junto a Citlali y a sus 19 años viajaron juntas por Europa:
“Revuelvo el cajón más desastroso de mi escritorio, pero antes de encontrarla me topo con otra libreta, la del viaje a Europa, y me siento a ojearla. Con la muerte de Citlali, los recuerdos que compartíamos se me vinieron encima, porque ya no está ella para ayudarme a cargarlos. Emergen por todos lados imágenes, escenas y conversaciones que no sabía que había olvidado, secretos y recuerdos solo nuestros y otros que compartíamos con Dalia”.
Así, Mila, Citlali y Dalia, una tercera amiga de la preparatoria y con quien también emprenden el viaje, serán las partes de esta trenza que une las historias de este libro. La novela se divide en dos líneas narrativas: la de Mila, una mujer adulta que recientemente se ha hecho madre, y la del pasado, en donde las tres amigas, que comparten una relación íntima con el bordado y el tejido, viajan, conocen y luchan contra ese nuevo mundo adulto que se abre ante ellas.
Portada de «Punto de cruz», de la edición de Laguna Libros
Toda la tensión del libro está puesta en la ceremonia que Mila tiene que organizar. En ese encuentro que hará reunir a Mila y a Dalia alrededor de la muerte de su amiga Citlali, después de muchos años de no verse. Por otro lado, por el mío, pensaba en la muerte, en la muerte de los amigos. Ninguno de mis amigos ha muerto, todavía. Aún no sabemos quién será el primero. Pero sí he ido a ceremonias y a funerales, y entre ellos, he asistido a uno que fue el más triste de todos. Una muerte inesperada nos obligó a mí y a mi familia a despedir, de un día para otro, a un ser querido, para mí, una tía, pero también madre, hija, hermana y amiga. El día de la ceremonia eran más las amistades que acudieron que los familiares. ¿De dónde salió toda esta gente? Personas que nunca había visto en mi vida lloraban y se lamentaban tanto o más que nosotros, sus familiares, sus más “cercanos”. Imaginaba, mientras leía Punto de cruz, que en esa ceremonia pudo haber una Mila, o una Dalia, recordando una dimensión que yo nunca vi en mi tía, ahora sólo viva en los recuerdos de ellos, de los otros.
Esas amistades lejanas o cercanas, no lo sé, venían a decirnos que no sólo en casa hay amor, y que los nudos más fuertes, como en la novela, pueden estar tensados desde tiempos y lugares remotos de nuestra vida. Como en el libro de Barrera, las personas somos todos un telar que se extiende en muchas direcciones, soportado insospechadamente por múltiples individuos. Una telaraña que nos une y nos soporta, pero la resistencia de la red tiene su límite.
A pesar de todo, los funerales se parecen unos entre otros. Tristeza, flores, niños jugando y hombres y mujeres hablando sobre la brevedad de la vida. La relación que yo encontré entre Punto de cruz y mi propia experiencia mortuoria aún era eventual y obvia. Por un lado, la ficción de una mujer atando sus recuerdos antes de despedir a su mejor amiga, y por otro, mi recuerdo de los y las amigas de mi tía despidiéndola en su funeral.
Hacia el final del libro, después de que Mila ha recordado anécdotas en el instituto, aventuras durante el viaje a Europa e historias de amores en la universidad junto a Citlali y Dalia, finalmente llega el momento de la ceremonia. Lamento el spoiler, pero es necesario para que todo este texto se justifique:
“Al rato, Dalia lee los textos que mandaron los amigos de Citlali desde el extranjero. La tía Valentina toca en su guitarra y canta una canción dulce y triste sobre morir para irse volando. Al terminar le pregunto a Dalia si ella quiere decir algunas palabras, pero prefiere no hacerlo. Yo leo el poema de Christina Rossetti, “Song”, en una traducción que me costó mucho trabajo hacer”.
En este punto, até los cabos y uní eslabones, y el puente entre el libro junto a su historia, se unió a mi experiencia alrededor de la muerte de mi tía. Algunos días después de su funeral, revisando lo que había dejado en su mesa de noche, como quien lo deja para recogerlo enseguida, hallé una antología de la poesía de Cristina Rossetti. El separador marcaba la página en donde estaba el poema “Up Hill”. Un escalofriante vaticinio de su muerte inesperada y prematura. Siendo un libro sobre tejer, hilar, y atar relaciones no pude más que crear una trama paralela al libro. Creer que las coincidencias, como los lejanos y desconocidos hilos que nos soportan y no conocemos están ahí, aunque nos inventemos más de la mitad de ellos, da lo mismo.
Song
When I am dead, my dearest, Sing no sad songs for me; Plant thou no roses at my head, Nor shady cypress tree: Be the green grass above me With showers and dewdrops wet; And if thou wilt, remember, And if thou wilt, forget. I shall not see the shadows, I shall not feel the rain; I shall not hear the nightingale Sing on, as if in pain: And dreaming through the twilight That doth not rise nor set, Haply I may remember, And haply may forget.
Canción
Cuando esté muerta, amor mío, No cantes canciones tristes para mí, No plantes rosas en mi cabecera Ni cipreses para que me den sombra: Se el césped que me cubre con lluvia y gotas de rocío mójame y si tú, marchitas, recuerda y si tú, languideces, olvida. No veré las sombras, No sentiré la lluvia, No escucharé el ruiseñor Cantar, como en un sufrimiento: Y soñando durante el crepúsculo Que no sube ni baja Por suerte podría yo recordar Y, por suerte, podría yo olvidar.
Retrato de Christina Rosetti por Dante Rossetti, tomado de la British Library
Up-Hill
Does the road wind up-hill all the way? Yes, to the very end. Will the day’s journey take the whole long day? From morn to night, my friend. But is there for the night a resting-place? A roof for when the slow dark hours begin. May not the darkness hide it from my face? You cannot miss that inn. Shall I meet other wayfarers at night? Those who have gone before. Then must I knock, or call when just in sight? They will not keep you standing at that door. Shall I find comfort, travel-sore and weak? Of labour you shall find the sum. Will there be beds for me and all who seek? Yea, beds for all who come.
Cuesta arriba
¿Va cuesta arriba todo este camino? Hasta el mismo final. ¿Llevará la jornada el día entero? Desde el alba a la noche, amiga mía. ¿Y ofrecerá en la noche un lugar de descanso? Encontrarás un techo para las lentas, las oscuras horas. ¿Y si no puedo verlo entre tantas tiniebla? Ésa es posada que ninguno pierde. ¿Hallaré otros viajeros cuando llegue la noche? Aquellos que te fueron por delante. ¿Golpearé la aldaba, daré voces al verla? No se trata de puerta que haga esperar a nadie. Dolorida y cansada, ¿encontraré cobijo? Allí estará el final de todos tus trabajos. Todos los que buscamos, ¿tendremos allí lecho? Sí; todos los que lleguen encontrarán su cama.