Cuando leí por primera vez “Historia de una Mariquita” de Guadalupe Dueñas, no sentí terror. Había leído el soneto escrito por José Emilio Pacheco y me advertí ante la posibilidad de que la sensación de horror me inundara durante mi lectura de otros cuentos de Dueñas, pero nada de eso ocurrió. Pensé que pocas veces se tiene la posibilidad de preconcebir una lectura, que la sensación que se avecina podía encontrar un espacio suave al que no golpear de manera abrupta, pero la cama se quedó vacía porque nada pasó. Según Pacheco, la experiencia de Dueñas se puede resumir con facilidad en “A Lupita Dueñas”:
La noche tiene un árbol, y en su fronda
se ensortija la luz desamparada;
el roce de la sombra es quieta espada
y muerte con su filo ahonda.
Crece la noche viendo que la ronda
un océano de luz petrificada,
sapos, momias, araña desplomada
mientras el mundo busca quien responda
a su reto de muerte y esperanza.
Infierno y cielo ruedan confundidos,
piojos y ratas toman su belleza
al levantar un árbol de sonidos.
Entre veredas son una maleza
y un haz de cuentos por la magia unidos.
Desde el comienzo, supuse que yo había cometido un tremendo error. Estaba decidiendo las palabras de otro como la verdad de una autora de la que nunca había escuchado. Por lo que leyendo “Historia de una Mariquita” nunca sentí horror en ningún sentido: si hubo algo grande en mi percepción fue una inclemente ternura que se alimentó con una inmensa tristeza y una constante soledad.
Sobre sus datos más generales, debo mencionar que Guadalupe Dueñas, nacida en 1910 –año que fue rectificado hace poco tiempo, ya que se juraba que su nacimiento había tenido lugar en 1920–, fue una escritora de Guadalajara, México, que vivió una gran parte de su infancia y adolescencia llena de eventos particulares y en distintos internados de monjas. Durante esa época, empezó a crear sus primeras narraciones e impresionó tanto a su tío, el entonces director de Ábside, revista de cultura mexicana, que este publicó por primera vez sus relatos en 1954.
Sus obras, de acuerdo con Claudia Cabrera (2022), se caracterizan por la constante descripción de la orfandad y el desamparo, que no podría predecirse ante la inmensidad de su núcleo familiar. Rodeada de monjas y sacerdotes, la vida familiar de Dueñas acrecentó su síntoma solitario y justificó la respuesta que dio a Beatriz Espejo durante una de sus entrevistas: “Estoy absolutamente sola por dentro. Tan sola que toda mi necesidad afectiva se vuelve literaria” (como se citó en Cabrera, 2022, p.32).
El relato “Historia de una Mariquita” –el cual es, quizá, su cuento más reconocido–cuenta su experiencia y emoción ante la pérdida de una de sus hermanas justo al momento de nacer. Cercano a las narraciones de algunos de sus otros relatos, Dueñas relata en este cuento cómo el cadáver de su hermana recién nacida fue puesto en un frasco que su padre mantuvo oculto del exterior, pero con el que ella debía encontrarse donde fuera que estuviera en su casa. Tal como sucede con todo lo que acecha el tiempo, para cuando los padres no estuvieron más con la narradora y sus hermanas, el frasco dejó de recibir cambios de agua y ellas, cansadas de intentar transportar y conservar algo que ya había sido consumido por el tiempo, decidieron enterrar el cuerpo en el jardín señalando su tumba “con una aureola de mastuerzos y una pequeña cruz como si se tratara de un canario” (Dueñas, p.27).

La importancia de este cuento, y quizá la razón por la que he decidido abrir este texto con una mención a él, es que Guadalupe Dueñas escoge una voz infantil que madura con las páginas y donde se sitúa su propia mirada del pasado para recordar, desde los recodos de su memoria y emocionalidad, lo que fue su infancia. Por lo tanto, la infancia en Dueñas es eso: el padecimiento y la escasez de cariño que solo intenta repararse con la necesidad absurda de transportar lo que queda de su hermana a la tierra, para intentar llenar con esto la casa vacía. Asimismo, los adultos son seres imposibles de persuadir debido a que actúan con base en sus propias intenciones egoístas y, a veces, absurdas. En el cuento “La tía Carlota”, la relación con los mayores se agrava y no tiene ningún tipo de punto de encuentro como en “Historia de una Mariquita”. En este relato, la narradora es una niña que inicia el cuento con: “Siempre estoy sola como el naranjo que sucumbe en el patio” (Dueñas, p.7).
El desconocimiento que la narradora tiene de sus padres, y el constante desprecio con el que se ha comunicado su tía durante toda su vida, la lleva a recluirse en la naturaleza que se limita al patio de su casa. Llegando a olvidar las cortas presencias de sus padres debido a que “ya nada de ellos me importa” (Dueñas, p.13), el relato termina con una confesión sobre la imposible cercanía con que ella debe vivir al estar junto a su tía, Carlota, debido a que, gracias a la narradora, y a su fealdad, su padre le ha abandonado; y porque sigue conservando su compañía debido a que ve en ella a su padre, mas no por ella misma.
Así como dice el soneto de Pacheco, las narraciones de Dueñas son “un haz de cuentos por la magia unidos”: o sea que existe cierto evento maravilloso en ellos que presenta ante los lectores y las lectoras las manifestaciones de sus intenciones más profundas. Estas intenciones son, en cada uno de estos cuentos, su propio grito de desesperanza y auxilio por un trauma que se ha prolongado hasta el presente de su narración: el abandono del otro.
Finalmente, para el caso de cuentos como “El Sapo”, donde la naturaleza se obliga a exponerse toda entera ante los niños, se descubre un orden al interior de los cuentos de Dueñas: si los niños se hallan inferiores a los adultos, y los primeros sucumben a la soledad producto de los segundos, es porque estos son sus otros; la naturaleza no-humana está debajo de todo, sin palabras, sin quejas, y sin vida, siendo el gran otro, mudo y ajeno.
Por: María Victoria Torres
Referencias bibliográficas
Cabrera-Espinosa, C. (2022). La amenaza de la otredad en los cuentos de Guadalupe Dueñas. La Colmena, 114, 31-46.
Dueñas, G. (1985). Tiene la noche un árbol. Lecturas 82 Mexicanas.
