A la literatura llegamos aprendidos. Llegamos para afirmar, rectificar o negar lo que ya sabemos o creemos saber. Son nuestras experiencias, ricas o pobres, las que nos dan la materia prima para entablar un diálogo con la literatura y sus conflictos. Cuentos, novelas, ensayos, crónicas, todas nos dirigen hacia algo que ya conocemos porque lo hemos vivido y experimentado en cierta medida desde nuestras propias vidas. Por eso, la literatura no es un manual o una guía que nos enseña a vivir, sino un espejo en donde se refleja el cómo hemos vivido. Frente a la literatura vemos el camino que hemos recorrido y las decisiones que hemos tomado, tanto buenas como malas. De ahí que la literatura sea, ante todo, un lugar para la reflexión.
Al libro De fronteras, de la escritora salvadoreña Claudia Hernández, podemos llegar desde una experiencia colectiva que apela y dialoga con lo que significa ser del lugar de donde somos, del país en donde crecimos. Pues quien ha avanzado dos o tres cuentos del libro ya puede adivinar un “algo” conocido que de tanto repetido ya ha perdido el sentido y que, por ello, hemos desaprendido a mirar: el conflicto armado interno de un país. Antes de continuar, un poco de contexto.
En 1992 El Salvador entraba al escenario de la “posguerra” tras la firma de los acuerdos de paz de Chapultepec entre el Estado y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN). Con estos acuerdos, los salvadoreños daban un paso hacia la democracia y ponían fin a un conflicto interno de más de doce años. Sin embargo, para un país cuyas generaciones crecieron y se criaron en contextos de guerra y violencia, la supuesta paz incluso hoy aún está por verse.

Claudia Hernández nació en San Salvador en 1975, estudió periodismo y, en 1998, se licenció en Comunicaciones y Relaciones públicas. Durante los años finales de la década de 1990 trabajó publicando cuentos y relatos en el suplemento TresMil, del diario CoLatino, así como en la revista Hablemos, que circulaba a nivel nacional. La coyuntura social de esos años no podía ser más compleja: una crisis del espíritu salvadoreño lleno de ansias e incertidumbres ante un conflicto que dejó miles de muertos, desaparecidos, exiliados y desplazados internos, más el recuerdo de una infancia plagada de violencia, odio y muerte.
Según Hernández después de que su cuento, “Un demonio de segunda mano” ganara el premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, fueron los editores de estos periódicos y diarios nacionales lo que motivaron y facilitaron la publicación de su primer libro, Medio día de frontera, que reunía algunos de los textos que Hernández fue escribiendo entre sus 21 y 25 años, justo cuando El Salvador afrontaba la difícil prueba del posconflicto.
Países como Nicaragua en 1997 y Guatemala en 1996 estaban experimentando procesos similares de negociación entre el Estado y las guerrillas, y por tanto la producción cultural que fue surgiendo directa o indirectamente de esos procesos y desde esos países tiene inevitablemente el conflicto armado como paisaje de fondo. De fronteras nace en un momento de escisión histórica, cultural y social, sobre todo en Centroamérica, que posibilitó –en manos de la autora– la creación de nuevos valores estéticos, así como novedosas aproximaciones desde la estructura y el lenguaje para hablar de la pérdida, la muerte, la violencia y el dolor más allá de un simple relato crudo, visceral y explícito. La fragilidad del ánimo entre la gente y el profundo miedo hacia la devastación de la muerte son temáticas que surgen cuidadosamente armadas sin el escándalo de la sangre. Con los cuentos de Claudia Hernández somos capaces de conmovernos ante el dolor del otro sin la necesidad de un lenguaje que “copie” o “imite” una realidad que ya en sí misma no merece seguir siendo contada y reproducida.
La arbitrariedad y el sin sentido de la guerra se manifiestan en el libro desde la fantasía, que es extraña para el lector pero que para los personajes es la realidad misma. El libro está lleno de cadáveres, dice Hernández en una entrevista, porque todo el Salvador estaba repleto de ellos. Es así como en estos relatos aparecen en las cocinas, en las salas, y en los baños de las casas, así como un hombre mutilado -–nadie sabe por qué y a nadie parece importarle–- camina de un lado a otro acompañado de un pequeño y tierno rinoceronte; y un hombre usa su propia boca como trampa para atrapar cucarachas. En el libro no hay armas, no hay asesinos, no hay culpables. Es el día a día de individuos totalmente enajenados, extraviados en su propia soledad e imposibilitados para cambiar el absurdo rumbo de sus vidas. En cuanto al estilo del lenguaje, este siempre es concreto, sencillo, casi que transaccional, en comparación con los sucesos tan irreales y esquizoides que predominan de principio a fin. Esto hace que el contraste entre la realidad (desde el estilo) y la fantasía (desde los sucesos) se diluya y ya no sea posible distinguirlos.

La primera edición de este libro se publicó en El Salvador en 2002 con el título Medio día de fronteras y una segunda edición apareció en Guatemala por la editorial Piedra Santa en 2007, en esta ocasión con el título De fronteras, con algunas diferencias en cuanto a cantidad y títulos de cuentos. Desde entonces, algunas editoriales centroamericanas y suramericanas (no muchas) han reeditado sus libros y se han animado a seguir publicando el trabajo de Claudia Hernández. Es el caso de la editorial independiente colombiana Laguna Libros que publicó los libros Roza, Tumba, Quema (2017), seguido de El verbo J (2018), y Tomar tu mano (2021), y que este año (2023) reedita De fronteras.
¿Por qué logramos conmovernos ante la esperanza de quienes aún buscan el cuerpo vivo de un ser querido? ¿O ante el desespero y soledad de quien llega a la ciudad buscando auxilio y no halla más que miseria? ¿O ante quien se suicida en el baño de un paso fronterizo? Todo esto sucede en el libro. La sensibilidad del lector existe, pero es más efervescente cuando llegamos al libro habiendo vivido, mucho o poco, la deshumanización de la guerra. Eso es el conflicto, quien lo vivió lo sabe.
Por: Samuel Colmenares

