Delmira Agustini más allá de su trágica muerte

Delmira Agustini más allá de su trágica muerte | La Malinche blog

Alrededor de la figura de Delmira Agustini existe una suerte de aire legendario, una especie de misticismo que surgió por la curiosidad que despertó aquella muchacha brillante, asesinada cuando tenía apenas 27 años. Desde sus primeros poemas hasta su muerte, Delmira fue vista con extrañeza, con admiración a veces y sobre todo con desconcierto: cómo es que una joven era capaz de escribir tales versos, de dónde provenía ese ímpetu que parecía tan ajeno a su época, por qué murió en esas circunstancias tan terribles…

Viajemos pues al Montevideo de finales del siglo XIX, cuna del mito de Delmira Agustini. Aunque la ciudad todavía estaba envuelta en un aire conservador y puritano, sobre todo en lo referente a la sexualidad femenina, las ideas libertarias y progresistas habían adquirido mayor protagonismo; así, por ejemplo, Uruguay fue el primer país del continente en decretar la ley de divorcio en 1907. Allí nació Delmira, el 24 de octubre de 1886, en el seno de una familia acomodada que muy pronto notó su talento excepcional. De ahí que sus padres la mantuvieran alejada de los otros niños, dedicada de lleno al estudio de idiomas, música y pintura. A los 14 años publicó sus primeros poemas y cinco años después, su primer poemario, “El libro blanco”. Entonces, Delmira puso en aprietos a la crítica y a los lectores: nadie dudaba de su extraordinaria capacidad poética, pero la temática erótica no encajaba con el estereotipo de las señoritas. Incapaces de comprender sus versos, todas las miradas se trasladaron a su persona y fueron haciendo de ella un mito, una figura virginal y bella que parecía estar en una esfera separada y etérea.

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Portada de El libro blanco (1907)

En 1910 publicó su segundo libro, “Cantos de la mañana”, y dos años después fue elogiada por Rubén Darío, quien escribiría, al año siguiente, el prólogo de su última obra, “Los cálices vacíos”. Los lectores quedaron completamente escandalizados. La temática abiertamente erótica estaba creando algo que nadie había visto antes: el deseo de una mujer y su afirmación como un sujeto que mira y que posee una energía erótica propia. En este poemario, Delmira dejó una pequeña nota donde contaba que estaba dedicada a la escritura de la que sería su obra cumbre, “Los astros del abismo”. Sin embargo, estos poemas no fueron publicados hasta 1924, en la edición póstuma de sus Obras completas, pues el 6 de julio de 1914 Delmira fue asesinada por su exesposo, un tal Enrique Job Reyes. Aunque habían intercambiado correspondencia por varios años, cuando se casaron en 1913 Delmira ya no estaba enamorada de él y, solo un mes y medio después de la boda, interpuso una demanda de divorcio. Aquel hombre que había despreciado su talento y su escritura, comenzó a perseguirla, a amenazarla y a acosarla en su casa. Y ella, agobiada por su insistencia, accedía a encontrarse con él. El divorcio fue aprobado el 22 de junio de 1914, y tan solo un par de semanas después llegó el fatídico día del asesinato de la joven. La prensa, que había seguido de cerca el caso, se lucró con titulares sensacionalistas, terminando de dar forma a ese extraño mito de Delmira Agustini.

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Portada de Los cálices vacíos (1913)

Es lamentable que la crítica se haya conformado con esa figura legendaria y que, incapaz de valorar el quehacer literario de semejante pluma, allá dejado en segundo plano sus versos. Lo cierto es que Delmira fue una poeta excepcional. En sus primeros poemas las imágenes modernistas del cisne, la rosa, la torre de marfil, aparecen con mucha recurrencia, evidenciando sus lecturas de Rubén Darío. Después, sin embargo, la plenitud y la vitalidad fueron quedando a un lado y sus versos se colmaron de referencias a la oscuridad, la muerte, el tedio y la melancolía. Leamos, por ejemplo, un fragmento del poema “Lo inefable”, de Cantos de la mañana:

Muero de un pensamiento mudo como una herida…

¿No habéis sentido nunca el extraño dolor

de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida

devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?

En ese misterio inalcanzable que arropa lo sublime del eros y lo maldito de la muerte yace la gran particularidad poética de Delmira: muy temprano, en una época todavía dominada por el esplendor modernista, la poeta se apartó de esas luces y se trasladó a las sombras, como si en su desencanto quedaran inaugurados los problemas que luego las vanguardias literarias abordarían de lleno.  La obra de Delmira Agustini, lejos de ser la producción mítica de una extraña figura femenina, fue el punto de quiebre entre dos grandes corrientes literarias y su sensibilidad, un testimonio del punto de inflexión entre dos espíritus de época. Saquemos sus poemas del escándalo de su vida y leámosla. Lo merece.

Por: Laura Lucía Urrea Moreno