La leyenda dice que por allá en el siglo X a.C. una mujer de piel oscura y de ojos y cabellos negros como azabaches gobernaba un enorme reino en los desiertos. Su nombre era la Reina de Saba. Aunque relegada a una brevísima referencia en la Biblia y en el Corán, la Reina aparece como una mujer singular: no era santa ni pura ni madre, era sabia. Tanta era su sabiduría que viajó rodeada de comparsas de elefantes ensillados con tapices dorados, cuyo rastro de incensio iba impregnando la tierra y los árboles, para conocer al gran sabio bíblico, Salomón, y así comprobar el mito de su sensatez.
El reino de Saba, el mundo mágico de “Las mil y una noches”, se extendía por lo que hoy conocemos como Etiopía, Yemen y Somalia, un territorio que lleva décadas fustigado por guerras, masacres, bombardeos, desplazamientos y muertes. ¿Qué fue del místico aire que rodeaba a la Reina, qué fue de sus riquezas y de la prosperidad de sus reinos? En 2009 la escritora colombiana Laura Restrepo emprendió un viaje hacia ese reino desangrado como parte de una campaña de Médicos sin Fronteras. Allí comprendió que estaba en el epicentro del fin del mundo: bordeado por desiertos infinitos, el reino de Saba era el ombligo del Apocalipsis. Lo que allí presenció fue la semilla de su novela más reciente, Canción de antiguos amantes (2022).

Heredero de la obsesión que ha embrujado a tantos pensadores occidentales, Bos Mutas, el personaje principal, acomete la tarea de encontrar a la Reina de Saba. Hallar en la profundidad del oriente africano a esa mujer seductora, inalcanzable representación del inasible poder de lo femenino. Y como el propio Rimbaud, el joven vidente francés que escapó de las luces de su siglo hacia África, Bos Mutas viaja en contravía hacia un territorio que expulsa y se resiste a la permanencia de sus habitantes. A medida que se adentra por esos caminos repletos de migrantes que andan movidos por la imagen de una vida mejor, el personaje va entendiendo que esa imagen de la Reina como la inalcanzable seductora no es más que una ilusión occidental y que cada una de las migrantes que se cruza es descendiente de ella:
“¿Pero qué alucinación te poseía, Flaubert, cuanto te dio por escribir semejante disparate? Lo que yo veo aquí es muy otra cosa. Veo a quince harapientas reinas de Safía, de edad indefinible, largas y esbeltas a punta de hambre, con pómulos marcados, manos descarnadas y unos ojos tremendos, intimidantes, rotundamente negros. Nadie se postra ante ellas, a nadie deslumbran”.
El mito de la Reina de Saba vive en ellas: esa reina alucinante no murió con la guerra. A ella no pudieron matarla. Su fuerza y su poder existen hoy en esas mujeres migrantes que se resisten a la muerte o que, incluso muertas, se resisten al olvido; sin heroísmo ni romanticismo, lo hacen porque algo siempre sobrevive. Porque “todo mito que nace renace. Todo mito que encarna reencarna”. Y qué bien consigue Restrepo actualizar el mito. En la novela el relato bíblico y la narración del viaje de Bos Mutas se entretejen y se hablan. Es más, la prosa está colmada de referencias, discusiones, notas al pie que, a modo de ensayo literario, nos permiten dialogar con el acervo cultural de la autora y así, ahora por nuestra cuenta, traer al presente a la Reina.
Ahora bien, la búsqueda no termina con el crudo hallazgo de Mutas. Al igual que la Reina que viaja para conocer a Salomón y encuentra allí un amor mítico y fundacional, así el personaje se enamora de la partera somalí que es su guía, Zahra Bayda. Parece la imagen de ese famosísimo cuadro de Pieter Brueghel, “El triunfo de la muerte”, donde en la esquina inferior derecha somos cómplices de una pareja de enamorados que logran escapar de la desolación. Restrepo, pues, nos invita a soñar lo mismo. Como si el amor fuera lo único que permaneciera a pesar de la muerte, las guerras, la violencia…Y así, el Cantar de los Cantares, ese hermoso poema bíblico al amor cósmico como una fuerza reunificadora, viene a tomar el lugar del Apocalipsis. La canción de los antiguos amantes colmará siempre, como el mito, incluso los lugares más atroces de la tierra.

Por: Laura Lucía Urrea Moreno

