Así como quien soñando se percata de que sueña, quienes vivimos sepamos que estamos vivos y vivamos.
Amalfi Mazorra
Parece lujo y privilegio detenerse en medio del camino de la vida y decir sin duda alguna: “he vivido”, que es lo mismo, en este caso, que decir “he amado”. Cuántos de nosotros vivimos apenas al margen de una vida posiblemente plena, feliz, completa y pura, y lo hacemos con la duda y la esperanza de que una vez al menos la plenitud de un amor nos cobije con su intensidad incandescente y nos sintamos amar y amados. Es decir, afirmarnos a nosotros mismos que no hemos vivido en vano. Pero ¿qué hace falta y qué es necesario? Así, por ejemplo, David Thoreau más o menos a sus 33 años decidió alejarse y vivir en soledad en medio de la naturaleza, en una cabaña que él mismo construyó, pues temía llegar a las postrimerías de su vida y darse cuenta de que no había vivido. Vivido enteramente, y hasta sus límites experimentarlo. Pero para nosotros, promedios y mediocres, tendremos suerte si llegamos a conocer lo que es el amor y lo que es estar verdaderamente vivos.
Cuando hablamos de lo puro en Pura pasión no nos referimos a lo casto o a lo ajeno de imperfecciones morales, sino a aquello que no comprende excepción o restricción, lo que es libre y total alrededor del amor. Sin embargo, la libertad y la totalidad, en este caso, se toman como una decisión y no como un destino, aunque ambas sean –al final– lo mismo. Pues esta no es la historia de una mujer destinada a un amor imposible, sino el de una mujer que decide hacerlo. Por tanto, deja al margen su vida más consuetudinaria para entregarse en secreto y enérgicamente a un placer que para los demás sería reprochable: amar clandestina y ocasionalmente –en la mayoría de los casos cuando el hombre lo disponga– a un hombre casado, y sin ningún tipo de compromiso más que el de gozar el intenso presente de los encuentros, así como la ausencia de los mismos: “Todo era una carencia sin fin, salvo el momento en que estábamos haciendo el amor. Y, aun así, me obsesionaba el momento que vendría a continuación, cuando se hubiera marchado. Vivía el placer como un dolor futuro” (45).

La moralidad de entonces e incluso la de ahora no es capaz de soportar a una mujer adulta amando por fuera del matrimonio y obteniendo como única ganancia dolor y placer. De ahí que el libro dé inicio al relato con una “advertencia al lector”: “Me ha parecido que la escritura debería tender a eso, a esta impresión que provoca la escena del acto sexual, a esta angustia y a este estupor, a una suspensión del juicio moral” (12). Y como la escritura supone la lectura de otro desde otra parte, leer la novela también implica la misma suspensión.
Los motivos y métodos para satisfacer y darle cuerda a este amor no son convencionales: “No comprendía que las personas buscaran en la guía la fecha, la explicación de cada cuadro, cosas sin relación alguna con sus propias vidas. La utilización que yo hacía de las obras de arte era únicamente pasional” (49). Y al mismo tiempo, la narradora no espera justificar sus actos, ante quienes podamos ser testigos de lo que nos cuenta: “No quiero explicar mi pasión –lo que equivaldría a considerarla un error o un desvío por los que hay que justificarse–, sino sencillamente a exponerla” (31). Es, en definitiva, poner las cosas de la vida al servicio del amor.
Alguien podría decir que a la protagonista de esta historia se le han abierto todas las oportunidades para que una fantasía así pueda tener lugar: educación, cultura, un divorcio, trabajo estable y bien pagado (lo suficiente para que sus dos hijos estudien en la universidad, para poder vivir en París y poder gastar dinero en lencería una y otra vez), tiempo de ocio y un amante casado. Y así es, todos esos privilegios y lujos facilitan ese último y gran lujo que es la aventura amorosa que se narra; pero el hecho de “tenerlo todo” sólo hace que el deseo de “querer más” –como lo es tener un amorío de este tipo– sea más relevante. El más importante de todos esos lujos es el de decidirse a vivir ese amor hasta sus últimas consecuencias: “He descubierto de lo que uno puede ser capaz, que equivale a decir ser capaz de todo” (73).
¿Cuál es la última consecuencia de este amor? La certeza y la necesidad imperativa de que aquella aventura amorosa termine. Para la narradora, era necesario que su amorío con este hombre, solo llamado por ella A, terminara, para poder darle un sentido a todo lo que había sucedido. En la novela, después de varios meses sin que la narradora supiera alguna noticia de su amante, este vuelve a aparecer intempestivamente pidiéndole que se vean una vez más. Cuando este encuentro concluye, ella entiende que nunca más volverán a verse y que la relación tal y como era dejará de existir a partir de ese momento: “Sin embargo, ese regreso irreal, casi inexistente, es lo que le da a mi pasión todo el sentido, que consiste en no tenerlo, en haber constituido durante dos años la realidad más violenta y más inexplicable” (72).
No obstante, para la narradora la aventura amorosa no termina ahí, sino que se enfrenta a otro obstáculo: la página en blanco de la escritura. Esta, que también es una necesidad perentoria, supone, en cambio, el sacrificio de la experiencia vivida: “Por supuesto, aquí, en la enumeración y descripción de los hechos, no hay ironía ni escarnio, que son maneras de contar las cosas a los demás o a uno mismo tras haberlas vivido, pero no de experimentarlas en el momento mismo” (30), y que pierden, al ser escritas, aquella inocencia y aquel descaro que avivaron la relación desde un principio: “Cuando empiece a escribir este texto a máquina, cuando se me aparezca en letras de molde, mi inocencia se habrá terminado” (67).

Es así como la narradora diferencia un texto vivo de un texto escrito, es decir: lo que se vive y lo que se escribe acerca de lo que se vive. En este caso, el último es consecuencia del primero necesariamente, y también implica una transformación (ficcionalización) de los hechos vividos: “Pero no he escrito un libro sobre él, ni siquiera sobre mí. Me he limitado a expresar con palabras (…) lo que su existencia por sí sola me ha dado. Una especie de obsequio devuelto” (74). De este modo, autora y narradora se separan obligatoriamente poniendo en escena una fantasía atravesada y condicionada por lo que se quiere contar y por el cómo se quiere contar. La misma autora es siempre el primer filtro por el cual atraviesa cualquier testimonio o confesión, por más personal que pueda llegar a parecer.
A pesar de todo, al final la decisión de vivir vehementemente un amor secreto vale la pena, como darse un lujo, por el hecho de que va a ser pasajero y efímero. Su trayectoria es escasa por naturaleza y es la intensidad del ahora la que sólo en ese instante, y no en otro momento futuro, hace brillar al acontecimiento, llenándolo de sentido solo en el momento en que se vive: “De aquel otro texto vivo, este tan solo es el residuo, la débil huella. Como el otro, este, algún día, tampoco significará nada para mí” (65).
Por: Leonardo Consuegra

