“Del color de la leche”: en el límite de la justicia

“Del color de la leche”: en el límite de la justicia | La Malinche blog

Nell Leyshon es una escritora británica nacida en Glastonbury (Inglaterra) en 1962. Luego de vivir su niñez entre el condado de Somerset y Glastonbury, estudió en la Universidad de Southampton.  Vale decir que, solo después de que nació su segundo hijo en 1995, empieza su carrera como escritora, principalmente de obras de teatro, aunque también incursionó en novelas, dramas de radio y libretos para televisión. Desde ese entonces, también se dedica a la docencia, la cual ejerce aun en la actualidad, especialmente en favor de poblaciones marginadas como presos, personas con problemas mentales, gitanos, entre otros.

Es la autora del libro Del color de la leche, su tercera novela, elegida en 2014 como el Libro del año en España por el gremio de libreros de Madrid y al cual me referiré ahora.

“Del color de la leche”: en el límite de la justicia
Portada de la novela «Del color de la leche» en la edición de Sexto Piso. Fotografía tomada del catálogo de la Librería Lerner

Tiene en mi opinión un gran valor tanto en lo literario como en la denuncia que plantea. En el primer aspecto, es fascinante el manejo del idioma necesario para escribir un relato en primera persona con las palabras de una adolescente que apenas si ha aprendido a leer: es su historia (“este es mi libro y estoy escribiéndolo con mi propia mano”). Y es que, si resulta difícil escribir con el debido ajuste a los cánones de la gramática y la sintaxis, es un reto extraordinario hacerlo con los deslices propios de alguien sin formación literaria sin que la trama y la comprensión del texto sufran el desgaste. El resultado es impecable.

En el segundo aspecto, la novela nos deja el amargo sinsabor de rozar los límites de la justicia, de concluir con impotencia que la sentencia se dictó al nacer, que la condena se lleva en la historia si se es mujer, si se crece en una sociedad patriarcal, ignorante y, sobre todo, miserable, como se resume en el más sutil y doloroso lamento dirigido a su verdugo: “…pero yo no tengo nada más que dar, le dije, porque ya he dado todo lo que tenía”. Un dilema moral que persigue al lector como un eco aún tiempo después de terminar el libro. De hecho, el final es ese último trago amargo que se nos queda en la boca. La demostración de que está muy bien escrito.

Por: El lector de la calle