En la biblioteca del apartamento de Chapinero en donde vivimos mis padres y yo hasta que tuve ocho años, había un ejemplar de las Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe. El libro –que todavía existe– hace parte de la colección Bolsilibros de la editorial Bedout, que se imprimió hasta el 15 de julio de 1981. En su portada color verde mate está el cuervo parado sobre el busto de Palas, y en su contraportada, una casa de soslayo rodeada de pájaros negros que siempre he creído que es la Casa de Usher. Mi madre me leía los cuentos y, mientras lo hacía, yo intentaba imaginarme lo imposible, un gato emparedado entre los muros de una casa sobre la cabeza de un cadáver, la venganza de un no muerto, o siquiera la posibilidad de un busto sobre lo que sea que fuera el dintel de una puerta. Por ese entonces yo era un niño de ocho años y me aterraba todo lo que tuviera que ver con ese libro, desde sus cuentos hasta su portada. Sabía siempre en qué parte de la biblioteca estaba y con cierta curiosidad lo evitaba o le pedía a mi madre que me leyera algún cuento a pesar de mi miedo. Entre todos los miedos fantásticos que por ese entonces pudiera tener, ese era el más abstracto y extraño, el miedo a un libro.
Podría ahondar recuerdos en la memoria de esos días y enumerar episodios en donde el miedo y lo desconocido se manifestaron de modo similar a lo que sentía cuando mi mamá me leía los cuentos de Poe. Como esa gaveta abajo del lavaplatos en la cocina que no guardaba nada y era oscura y sucia por dentro, y en donde desaparecían todos los juguetes que arrojaba a ese vacío; la imagen de una virgen en la fachada de un edificio cercano, la cual yo veía y lloraba porque la veía moverse y parpadear, o la vez en que apareció un billete de cinco mil pesos puesto sobre el marco de un cuadro en mi casa y que, según mi mamá y mi papá, ninguno había dejado ahí. No eran estos sucesos como los cuentos del libro, pero incluso eran peores, pues me pasaban a mí, junto a mi familia y entre los espacios que habitaba. Todo eso me aterraba.
Aparte de aquellos cuentos y de las propias experiencias que para mí eran verdaderos y aterradores encuentros cercanos con lo desconocido, fue el libro Leyendas populares colombianas de Javier Ocampo López, editado por Plaza y Janés, lo que completaba el espectro fantástico y misterioso que convivía en mi realidad por esos años de infancia. Todo ese universo era posiblemente real y creía en toda historia de espantos que me contaran.
Ya no recuerdo la última vez que sentí ese abismo inhumano que es el miedo a lo sobrenatural o paranormal. Los cuentos de Poe los he vuelto a leer, pero sin tanta prevención y cautela y nunca más vi moverse la imagen pintada de ningún retrato. Entre lo que se llevó la infancia estaba ese auténtico terror hacia las absurdas irregularidades dentro de la lógica monótona de la realidad; y así, ahora, la vida no es tan misteriosa.
Pienso en estas cosas después de leer Los peligros de fumar en la cama (2009) de Mariana Enríquez, escritora argentina que durante las últimas décadas ha brillado tanto en Latinoamérica como en el resto del mundo por sus publicaciones alrededor del género del terror, y que se ha ido posicionando como la mayor representante de este género en el momento. Lo que me hace recordar al libro de Poe y a mis miedos cuando era niño no es únicamente el hecho del terror en sí mismo, sino que en la mayoría de los cuentos del libro de Mariana Enríquez hay un niño o una niña como personajes o como protagonistas. De ahí que me pregunte sobre la relación de la infancia y el miedo. Recuerdo, por ejemplo, que siendo un niño me desesperaba pensar en el Triángulo de las Bermudas y me preguntaba cómo los adultos manejaban ese problema y cómo yo de adulto lo haría también. Ha pasado tanto tiempo y la gente ya ni habla de eso. Los miedos del mundo adulto son básicos y casi que vitales. Únicamente miedo al fracaso, a la muerte y al olvido. El miedo en la niñez y en la infancia es de tantas maneras y formas, y eso es lo que explora Enríquez en su libro.

Lo que me gusta de los cuentos de Mariana Enríquez no es tanto la aparición de lo paranormal o visceral o fantasmagórico dentro de un universo que, como el nuestro, no está preparado para ello, sino el hecho de que a estos episodios los condiciona el surgimiento del niño en un mundo de adultos. Más allá de que se manifiesten como sucesos traumáticos, los cuentos hablan más de las condiciones y circunstancias aptas para el miedo: la imaginación, el desacato, la insolencia y la crítica a un estado de cosas que, por lo demás, es plano y aburrido.
En estos cuentos los niños se asustan o son los que asustan a los adultos. Los niños son, por decirlo de cualquier modo, un portal por el que la fantasía –incluso la más macabra y repulsiva– se abre paso por el aburrido mundo de los adultos, en donde no hay Triángulo de las Bermudas, ni arenas movedizas, ni mohanes, ni patasolas.
Así, para dar un ejemplo, en el cuento “Chicos que faltan” todas las metodologías, códigos y sistemas de los adultos competentes y funcionales para dar con el paradero de niños desaparecidos resultan totalmente ineficientes e inútiles, cuando sucesos extraños toman las riendas de la narración, y los mismos niños ausentes se hacen presentes desbaratando certezas y convicciones. Los adultos pierden el rumbo y nada de lo que han cultivado en su saber les sirve de algo. La presencia infantil deforma y vuelve atractiva o no la circunstancia. Por otro lado, la infancia no se describe como comúnmente se la ve: angelical, pulcra, inofensiva. El engaño está en que estos niños, o son muertos vivientes, o adolescentes demoníacos que resuelven sus inseguridades y prejuicios, propios de su edad, con un asesinato. Me imaginé a mí mismo siendo niño huyendo de estos miedos, que son posibilidades hacia lo desconocido, sin saber que huía para no verlos jamás. No los extraño, pero esos escalofríos eran síntomas de estar vivo.
Volví a leer literatura de terror sólo hasta Mariana Enríquez y fue un buen reencuentro con el género, aunque me pregunto si de haberlo leído el libro siendo un niño, como leía entonces a Poe, me habría asustado tanto como no lo hizo, y como ya nada lo hace.
Por: Leonardo Consuegra

