Soledad Acosta de Samper fue una mujer transgresora de las labores y los roles que se suponía que debía cumplir a cabalidad una mujer en el siglo XIX. Con un linaje remarcable, Soledad nació el 5 de mayo de 1833 en Bogotá, en tiempos de plena lucha independentista. Su padre Joaquín Acosta era hijo de un español y, a pesar de ser un criollo, apoyó fehacientemente la causa de la que Bolívar era abanderado. Por designios del propio general, fue subteniente del batallón de Cazadores y luego fue nombrado segundo oficial de la Secretaría de Estado de Guerra. Joaquín Acosta contrajo matrimonio con la estadounidense Carolina Kemble y al año nació su única hija, Soledad.
Gracias a la extranjería de su madre y al trabajo de su padre, Soledad Acosta se formó en medio de las altas sociedades de varios lugares. Durante su infancia vivió en Halifax, Escocia, Nueva York y París. Su segunda lengua fue el inglés, que le enseñó de primera mano su madre, aunque también hablaba francés con fluidez. Debido a las ideas progresistas de su padre, Soledad recibió una educación de lujo: aprendió sobre historia, literatura y filosofía, entre otras; no obstante, fueron estos tres ejes temáticos los que más le interesaron y en los que se desempeñaría a lo largo de su vida. La familia Acosta Kemble volvió a la ya constituida Confederación Granadina en 1851.
En 1853 Soledad conoció al que sería su esposo, José María Samper, durante las celebraciones populares en Guaduas, una tierra a la que ancestralmente estaba arraigada, pues la familia de su padre, en parte, provenía de allá. Junto a José María Samper, Soledad tuvo cuatro hijas y con su apoyo comenzó su labor como historiadora, traductora, periodista y escritora. Al igual que su padre, su esposo era un hombre de mundo, que por sus compromisos laborales llevó a su familia a vivir en varios lugares en el exterior. En 1858 la joven familia se estableció en París y desde allí trabajó como corresponsal para periódicos como El Mosaico, la Biblioteca de Señoritas y el medio peruano El Comercio. En 1860 la familia se mudó a Lima y allí fundaron la Revista Americana. Fue en este medio que, en 1864, Soledad publicó su primer cuento: “La Perla del Valle”.
Tal vez evocando pasajes de su memoria, o de pronto llevada por la sensibilidad estética de la escritura propia de la época, este cuento de Soledad Acosta repara especialmente en el paisaje del Valle y en los amores furtivos que surgen en las fiestas locales. En este relato pareciera estar condensada la vida que Soledad durante su juventud llevó: se habla de un joven que se encamina al viejo continente, por lo cual debe cruzar por “la graciosa aldea del Valle” en donde es testigo de la belleza de Rosita, la mujer más hermosa de la región, a quien todos se refieren como “la perla del Valle”.
En el cuento están presentes la narrativa y la poesía. El relato está dividido en dos partes, el viaje del joven a Europa y su regreso quince años después. Es interesante también abordar los niveles del discurso presentes en el cuento: comienza narrado en primera persona, luego la voz pasa a otros personajes involucrados en el diálogo y al final termina diciendo: “Tal es la sencilla historia que nos ha contado Ricardo, uno de nuestros mejores amigos. La transmitimos al lector con la misma sencillez y absoluta fidelidad” (pág. 15). Así, en “La Perla del Valle” convergen las habilidades en la escritura, el interés por contar una historia que sería familiar a algunos de los contemporáneos de Soledad y su vocación periodística.
Con la lectura del cuento, que Nueve Editores acerca a los lectores contemporáneos, esta generación puede avistar una escena de la vida de la clase alta criolla que contenía un espíritu romántico de idealización de la persona amada. En este caso el joven Ricardo encuentra en “la perla del Valle” una imagen idílica, perfectamente acoplada a los parámetros estéticos del momento, que guarda con veneración en su memoria durante los quince años que estuvo en Europa, durante los cuales no solo perdió su juventud, sino que también “[…] volvía con la amarga aunque secreta convicción de que mi vida había sido completamente estéril para mí y para la humanidad” (pág. 9). En la segunda parte del relato, la descripción de Rosita no está acompañada de versos que exaltan su belleza deslumbrante, sino de descripciones que le llegan a Ricardo -por boca de un amigo que lo acompañaba durante el viaje- sobre la decadencia que sufrió “la perla del Valle”, quien perdió su honra y estatus social por las malas prácticas.
Con el cambio en el discurso, Soledad reflexiona sobre la fragilidad de la dignidad femenina, que solo vale al estar cobijada por la de un hombre tenido en buena estima por la sociedad. El texto es temprano en la obra de Soledad Acosta como para atrevernos a decir que tiene vetas feministas, no obstante, sí es revelador de una conciencia de género problemática. Realmente son bienvenidas las publicaciones de cuentos de mujeres precursoras en la historia de la escritura femenina en Colombia, como esta de Nueve Editores. Para quienes ahora escribimos es importante divisar faros tan ilustres como el que Soledad Acosta de Samper estableció en el horizonte: cualquiera que la lea pueda saberse heredera de una tradición escritural que hay que perpetuar, es un regalo y casi que un deber.
Por: María Paula Díaz Castro
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