A raíz de las interesantes referencias que La Malinche ha publicado sobre la escritora brasileña Clarice Lispector y de la subsecuente lectura de algunos de sus cuentos y poemas, todo lo cual subsanó la vergonzante ignorancia resumida en alguna vaga mención de semejante escritora, decidí abordar la lectura de la que es considerada su obra cumbre: La Pasión según G.H. y me dispongo ahora, con la desfachatez del Lector de la Calle, a plasmar mis comentarios.
No pretendo recomendar su lectura. De hecho, pienso que podría no tener prefacio sino aviso de advertencia. Porque es un libro sin retorno, digno de una secta para la cual sea el único, guía de la perdición en la que quizás, a fuerza de repetir la espiral de dudas, el lector paciente, con mente abierta y dispuesto a renunciar, logre encontrarse (“Perderse es un peligroso hallarse”, advierte G.H.).
Comienzo por decir que no es una novela. Es decir, las partes que definen una novela apenas sí están presentes. Prefiero pensar que es un largo poema escrito en primera persona, íntimo, por lo que merece estar en la biblioteca al lado de Una Temporada en el Infierno. Existencial, cerca de La Nausea, Pedro Páramo o El Túnel de Sábato.
Ni la secuencia en el tiempo, ni el espacio, que se reduce a una habitación, tienen relevancia, y sin embargo el poema da cuenta de siglos y abarca el universo.

A falta de la advertencia, emprendí su lectura desprevenidamente. Las primeras líneas ya van dando cuenta del huracán de sus páginas: “…Estoy buscando, estoy buscando, intento comprender. Intento dar a alguien lo que he vivido y no sé a quién, pero no quiero quedarme con lo que he vivido.” (Y sin quererlo vino a mi mente Rimbaud: “Ayer, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde se abrían todos los corazones, donde corrían todos los vinos. /Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.”). Luego, raudales, remolinos, turbulencias. Entendí por fin que estaba condenado. Que para resumir el libro tendría que escribirlo nuevamente y que había iniciado el ciclo de leerlo con la aleatoriedad y el murmullo de la lluvia, extrayendo y olvidando, decantando y agitando, hasta construir respuestas a la espera de las preguntas, esperas ansiosas y cansinas como el cumplimiento de una profecía. Aunque ya G.H. me hubiese advertido que acaso tuviese “la capacidad de preguntar, pero no la de escuchar la respuesta.”
Dos advertencias más. La Pasión según G.H. es un libro redondo, hay que ir hasta el final. Y hay que leerlo muchas veces, lo cual no significa una lectura circular, sino más bien una espiral, el lento armar de un rompecabezas que puede tomar, y esa es la segunda advertencia, infinidad de formas. Porque está lleno de símbolos y solo es posible avanzar interpretando.
A partir de esta lectura, para mi Lispector, en el helipuerto del Gerova Hotel. El resto, tendrán que caber en los primeros veinte pisos.
Propongo entonces fundar la secta de los (y las) “Yo ya”.
Por: El lector de la calle

