El animal intacto (2020) de Enza García Arreaza es el llamado de algo salvaje que habita latente en cada uno. Al sugerente título le sigue un solo poema largo, un feroz caudal que se agita con las preguntas que marcan el comienzo de cada sección temática. Así, el poema nos guía con interrogantes que parecen abrirse uno tras otro hasta desnudar lo más interno de nuestra vida y dejarnos desprevenidos y vulnerables frente a nosotros mismos. La primera persona crea, entonces, una difusa cercanía entre la voz poética y el lector: a veces la escuchamos como testigos exteriores, otras veces es como si nos interpelara y, en ocasiones, nos encontramos con que somos nosotros mismos los que estamos preguntando.
Leer el poema será, pues, una experiencia íntima y única, inenarrable por su carácter privado y enigmático. Adentrarme en sus profundidades será entonces una tarea fallida. Por lo menos ahora solo podré adelantarle al lector una breve reflexión sobre dos significados que transitan la poesía de García Arreaza y que espero inviten al valiente a emprender este viaje hacia el hondo abismo de sus entrañas.
Primero, la animalidad en el poema, inaugurada por el título, surge como una pulsión de lo salvaje. Caracterizada por el tono agreste y feroz de lo natural, la animalidad es un reconocimiento de aquello indomable de la existencia, el recuerdo de que “lo vivo puede ser salvaje”. Ese carácter de reminiscencia tiene que ver con la idea de que lo animal es el origen de lo humano, aquello que antecede la domesticación civilizatoria que nos fue impuesta. En la animalidad confluyen lo monstruoso, la locura (como en los versos: “recuerdo a menudo en mis libros cómo perdemos la cordura frente a la fauna propia»), el cuerpo (“cada gota de sudor es un bestiario”), la vida y la muerte. Será, pues, un retorno implacable al origen, la rebelión de un cuerpo que, al escuchar sonidos amigos, se levantará sobre nosotros.

En segundo lugar, la noción de lo intacto nos lleva a pensar en aquello que permanece indemne, ajeno a la manipulación humana y puro en su estado primario. Lo intacto es el pasado analfabeta de la tribu, la voz común de un espíritu que nos habitaba: “la guitarra primero fue bosque, madera asida a la trémula tierra de las tribus, órbita de la oruga y del pájaro”. Es decir que es finalmente la característica fundamental de la pulsión salvaje. El animal intacto es, entonces, la raíz de la vida y de la palabra, el recuerdo de lo ancestral que, como un clavo recién incrustado en una débil pared agrietada, rompe y fragmenta hasta dejar solo los antiguos cimientos que la mantenían en pie.
Así, el animal intacto es el poema mismo, como una evocación de todo aquello que en el retorno a lo salvaje nos desnuda. Lo cierto es que es un recorrido que la autora forja con varios materiales: a los versos, los fragmentos en prosa, las ideas cortas escritas como aforismos y a las ilustraciones se suma la enorme carga semántica de un poema construido con miradas que nombran ideas con un detalle y una pericia magistrales. Allí, en esa construcción que parece beber de un texto múltiple y heterogéneo como El matrimonio del cielo y el infierno de William Blake, Enza García Arreaza funda su propia mitología, una que se nutre de cada uno de sus significados y de cada una sus formas.
Por: Laura Lucía Urrea Moreno
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