Leer a Elena Garro por primera vez es embarcarse en la aventura de conocer la palabra de la que fue llamada la escritora más enigmática de México en el siglo XX. Ese apelativo es el resultado de la extraña confluencia entre una vida marcada por la tragedia, el dolor y las disputas, y una escritura que regresa al pasado colonial, vuelve a tiempos ancestrales y crea realidades fantásticas para pensar el carácter de la realidad mexicana.
Su agitada vida comenzó en 1937 cuando contrajo matrimonio con el escritor Octavio Paz. Con él viajó, escribió y conoció a otros autores e intelectuales de la época. Sin embargo, en 1959 se divorciaron y, como lo diría ella misma, su escritura, su voz y su vida se volvieron en contra de él. Paz había estado siempre en el centro, entre todas las miradas y las luces; Garro, en cambio, habitaba los márgenes, la oscuridad y la mirada crítica contra el poder. Junto a su enemistad con Paz, los supuestos nexos que tuvo Elena con ciertos partidos políticos de centro derecha le valieron el repudio y el rechazo de la comunidad intelectual mexicana: se relacionó con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y con la Dirección Nacional de Seguridad; además, en 1968, tras la masacre de los estudiantes en la plaza de Tlatelolco, la escritora culpó a los intelectuales de izquierda de la tragedia. Entonces, agobiada por las críticas, se exilió junto a su hija en Nueva York, Madrid y París. Años después regresó a México bajo las sombras de una reputación desfavorable. Al final de su vida, gastó casi todo su dinero para sacar a un grupo de indígenas de la cárcel, recibirlos en su casa y defenderlos de los terratenientes que los perseguían.

Así que, al enigma de su vida, una existencia en los conflictos, las tensiones y las búsquedas insatisfechas, tenemos que sumarle ahora la complejidad de una escritura sin precedentes en la tradición literaria latinoamericana, pues, como lo señala Enrique Krauze, “Garro fue la escritora más poderosa y original del siglo XX mexicano”. Su obra Los recuerdos del porvenir (1963) despertó el interés de la crítica y de los lectores, a pesar de la reputación de su autora, y la colección de cuentos La semana de colores (1964) fue considerada como uno de los pilares de la cuentística mexicana de la segunda mitad del siglo XX.

En los cuentos de La semana de colores Garro dibuja una narrativa magistral que tiene lugar en escenarios mexicanos donde confluyen distintos momentos históricos: desde la conquista, la colonia y el siglo XIX hasta el presente, los cuentos tejen un entramado de referencias históricas que invita al lector a sumergirse de lleno, desde los pies hasta la parte más alta de la cabeza, en eso que podríamos llamar la vida mexicana. En ella, además, la realidad cotidiana aparece coloreada por las manifestaciones de una realidad otra, fantástica como el presagio de un mundo diferente cuyos significados atraviesan las fronteras de nuestra realidad para tener un lugar en ella y conquistarla. Lo cierto es que Garro fue identificada por la crítica posterior como una de las grandes antecesoras del realismo mágico: en su novela Los recuerdos del provenir (1963) muchos han identificado el estilo y la mirada que luego retomaría Gabriel García Márquez en Cien años de soledad (1967). Elena, sin embargo, siempre expresó su desagrado hacia estas conclusiones: para ella, eso que llamaban magia no era más que la matriz de la cosmovisión indígena de la que ella había bebido pero que, definitivamente, no había inventado. En cualquier caso, leer a Garro implica hacer un pacto con su escritura, una promesa para participar con ella en el acto de creación de realidades oscuras, misteriosas y enigmáticas. Se trata de un pacto sencillo: bastan apenas unas líneas para celebrar esa promesa. Desde el inicio la escritura de Garro es envolvente, mágica, inagotable. A veces será casi imposible abandonar el pacto antes de acabar una historia y volver a nuestra realidad: la escritura nos atrapa de tal modo que es como si en esa promesa del mundo de la narración tuviéramos que renunciar brevemente a este mundo. Quizás por eso son cuentos cortos. De otro modo, existiría el riesgo de que el lector inmiscuido en la lectura se perdiera para siempre en la imaginación y en la pluma de Elena Garro.
Por: Laura Lucía Urrea
Referencias:
Garro, E. (2019), La semana de colores, Ciudad de México, México: Editorial Porrúa.

