Una mujer que contempla a otra mujer que escribe sobre sí misma

Una mujer que contempla a otra mujer que escribe sobre sí misma | La Malinche

Cuando nos enfrentamos a un poemario, siempre se debe tener en cuenta que la disposición de los poemas dentro del libro no es gratuita. Es decir, autores o editores, o ambos de acuerdo, no han dejado esta labor al puro azar. ¡Téngase en cuanta esto! pues un primer poema es la bienvenida que recibe a los lectores, o una carta de ruta para el viaje que nos aguarda.

En el caso de La mujer que era (2021), de Vivian Dragna, el poema que nos recibe es “Compañía”. Y pese a que el título del libro nos ilusiona con encontrar certezas acerca del tiempo inamovible del pasado, lo que nos espera en “Compañía” son inquietudes sobre el futuro y el panorama de un porvenir incierto: “Con quien compartir lo que me queda de vida” o “Con quien gastaré la ridícula plata que gané en ridículos trabajos” (13) y “Me acompañará el infinito susurro del lenguaje” (14). En “Compañía” leemos las primeras pistas de lo que será el panorama general del libro: la soledad, siempre definida por la ausencia del otro –ya sea una pareja, un hijo, un padre o uno mismo–; las promesas de un futuro posible, de un futuro que aún está expectante ante las decisiones del ahora; la imagen del “yo” moldeado como personaje por la ficción y por su propia historia.

Al mismo tiempo, algún lector podrá ver en “Compañía” -y de ahí en adelante durante el resto del poemario- un motivo para la creación poética y artística: hacer brillar por un instante -como una fotografía- lo que el tiempo y sus años borrarán para siempre; aquí el deseo humano de lo eterno se vuelve una promesa. Leemos al final del poema: “Seré una palabra, un título, /seré un libro. /Me inventaré joven y fuerte, / hermosa, eterna” (14). Así, parece que estos poemas nos contaran una historia precisa, pero perdida tanto en el poemario como en la vida de los personajes que recorren el libro. La promesa es, desde el presente, darle un punto final a un pasado turbulento y decisivo.

Sucede que estos poemas tienen sus propios referentes respecto a una historia personal que se cuenta. Es así como asistimos a sucesos de profunda trascendencia, que actúan como eslabones de una misma cadena de procesos, acciones y consecuencias. Por ejemplo, los poemas “La mujer que era en 1992” y “La mujer que era el primero de enero de 1994” o también lo que puede llamarse la “serie italiana”, en donde todo lo contado tiene por contexto aquel país mediterráneo. Por tanto, el lector va construyendo –con estos pedazos de eslabones– una especie de catenaria que le otorga a todos los poemas una relación vinculante entre sí, demostrando que aun cuando parezcan hechos inconexos, son entre ellos realidades interconectadas.

Es llamativo, por otro lado, cómo en algunos poemas podemos encontrarnos con el personaje de Vivian. La mujer que era es una obra llena de personajes y entre ellos podríamos decir con tranquilidad que se encuentra la misma autora transformada en personaje ficcional, como se lee en el poema “Canales”: “Bebo vino blanco/ en la vera de un canal, / y el ruido del agua me grita:/ Vivian, la vida es una constelación de incidentes” (31). Sucesos y personajes están perdidos entre el libro como lo están entre esa constelación que es la vida, y la propia autora – por supuesto-, es el centro de gravedad que une todos esos puntos. Por ello, el lector es capaz de hilar los poemas, participar y conmoverse leyendo los indicios de una historia personal, que cobra profundidad y peso a medida que avanza el libro. Es el caso del hermoso poema “Federico” que es más significativo cuando antes se han leído los ya mencionados “La mujer que era en 1992” y “La mujer que era el primero de enero de 1994”, poemas que abordan la muerte, el duelo, la maternidad y el abandono. En “Federico” el poema narra, sin nombrar propiamente, la muerte prematura de un hijo desde imágenes de una ciudad agobiada por las aguas del mar, que amenazan con derrumbar las murallas que la protegen.

Durante el Juicio Final los difuntos saldrán de sus tumbas cargando a cuestas sus respectivas lápidas y en estas se leerá lo necesario para acceder o no a la eternidad. ¿Son los libros las lápidas de los autores o sus obras las de los artistas? ¿Son los autores sus títulos? Una vez el autor se “inventa” a sí mismo en el lienzo, el “yo es otro”, como declara algún poeta francés del siglo XIX. La invención permite dejar de ser, y dejar de estar, evita permanecer atado al suplicio del martilleo de los recuerdos y por eso vemos cómo en La mujer que era la voz poética parece descansar al liberarse de un peso en cada poema; poema que es un recuerdo, bueno o malo, apasionante o desdichado, y que dice adiós para siempre.

El poemario finaliza con “El cielo”. Es, como el primer poema, más que un recuerdo, la esperanza de un futuro. Pero si en “Compañía” son los últimos días de la vida los que perturban el pensamiento, en “El cielo” la mirada apunta hacia los infinitos días después de la muerte. Las autoras cincelan su propia lápida con cada obra que entregan y esto será lo que las represente más allá de sus días. Y así como en repetidas veces los poemas en sí mismos prometen no olvidar los momentos sucedidos, grapándolos al papel con la pinza de la poesía, así el personaje de Vivian declara: “Prométeme, cielo estrellado/ que alguien me recordará” (84).

Por: Samuel Colmenares

La editorial Isla de Libros, encargada de la publicación del poemario de Vivian Dragna, estará en la Feria del Libro de Bogotá 2022: ¡visítala y conoce las novedades que tiene para ti!

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Estand de Isla de Libros en la FILBo 2022

Referencias:

V. Dragna. La mujer que era. (2021). Bogotá: Ed. Isla de Libros. Impreso.