María Mercedes Carranza, la sepulturera

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María Mercedes Carranza escribe sucio. Leer su poesía puede sentirse como si un montículo creciera desde la página hasta inundarte la cara en la inmundicia. Tierra, escombros, ceniza, polvo, sangre, aves carroñeras, gusanos. Son varias materias turbias —y muchas otras para nada turbias— que aparecen en su obra, pero aquí solo me centraré, brevemente, en una de las más recurrentes: la tierra.

Carranza descoloca la tierra. La mueve de lugar y, por ende, su sentido y significación cambian. Ya sabes: en la cotidianidad, esta permanece debajo de nosotros, quieta. Parece una cosa muerta. La pisamos todo el tiempo. Sin embargo, Carranza actúa como jardinera: la saca del suelo, la exhuma y la coloca en otros lugares ¿Qué otros lugares? Ella tiene una predilección por los cuerpos. Sobre ellos o entre ellos. Mira:

No más amaneceres ni costumbres,

no más luz, no más oficios, no más instantes.

Solo tierra, tierra en los ojos,

entre la boca y los oídos;

tierra sobre los pechos aplastados;

tierra entre el vientre seco;

tierra apretada a la espalda;

a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra;

tierra entre las manos ahí dejadas.

Tierra y olvido. [1]

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La escritora María Mercedes Carranza. Fotografía tomada del archivo de la Casa de Poesía Silva

Si quieres leer la biografía de la autora, te invitamos a visitar La vida de María Mercedes Carranza.

En su poesía la tierra es como un río que se mete a todas partes. El problema (o el fin) del contacto entre cuerpo y tierra es la obstrucción y el aplastamiento de los órganos. En estas condiciones, el organismo no funciona. Es entonces cuando la transposición —el humano que pasa a estar debajo de la tierra, la tierra que pasa a estar encima del humano— cobra una significación bastante clara: el cuerpo es ahora el que está muerto; y la tierra —cosa activa, cosa que se mete, que presiona, aplasta, ahoga—, viva.

De hecho, el sujeto y protagonista de este poema pareciera ser la tierra, no el humano. La voz poética enuncia dónde está este material, por dónde se cuaja, en dónde se posa, en dónde se infiltra. Y si el sujeto es la tierra, el objeto es el cadáver; cadáver que funciona como paisaje, como escenario que está, además, seccionado. En este poema no hay un cuerpo entero, no hay una unidad. Solo partes regadas. Cercenadas. Tampoco hay rostro. Aquí, se ha despersonalizado el organismo, se ha desrostrificado, se le ha dejado irreconocible.

La falta de singularidad corporal es un rasgo típico en la poesía de Carranza. Los cuerpos no suelen tener nombre, no suelen ser alguien. Lo que predomina en múltiples poemas tanto de Hola, soledad como de El canto de las moscas es que los cuerpos son solo eso, cuerpos, simples sustantivos comunes:

Cae un cuerpo

y otro cuerpo.

Toda la tierra

pesa sobre ellos” [2].

Esto tiene una potencia grande en un país como Colombia, donde tanta gente inespecífica ha muerto. Matanzas en el siglo XX y en el XIX y todos los cuerpos parecen en un anonimato infinito, repetitivo, cíclico. Podría intentar explayarme en la poesía de Carranza como un ejercicio de memoria y de cómo ella relaciona íntimamente la tierra con el territorio en El canto de las moscas, pero esto excede el propósito de este texto.

Seguiré con mi estudio irrelevante: se me antoja hablar un poco más sobre el primer poema que cité. Empecemos por el título: “Oración”. Ah. Este título. Este título-plegaria. Este título-súplica. Este título-rezo. La voz poética pide: “No más amaneceres ni costumbres / no más luz, no más oficios, no más instantes”. Convoca el cese del tiempo, de la actividad, de la vida. ¿En dónde puede suceder esto?: en lo subterráneo. La voz poética ora para que este cuerpo pare, fallezca. Allá abajo, la memoria también desaparece: “Tierra y olvido”, dice. Pero más allá de una lectura de denuncia, me gusta pensar que la tierra es un refugio ante lo agobiante que puede ser la luz y el tiempo y el día y el recuerdo. La tierra permite existir como materia cruda, sin pensamientos.

También me resulta irónico el uso de la palabra “oración”. En primer lugar, orar por la muerte —otra forma de suicidio— me parece ya una contradicción, ya que el rezo es una herramienta espiritual, un vínculo con Dios, y debería apuntar, por tanto, a fines virtuosos. No olvidemos que Carranza vivió tanto en España como en Colombia, que ambos países son profundamente católicos y cristianos, y que, desde estas religiones, el suicidio es un pecado. Orar para pecar es una antítesis; el poema, un anti-rezo.

María Mercedes Carranza, la sepulturera | La Malinche
María Mercedes Carranza. Fotografía tomada del archivo de la Casa de Poesía Silva

En segundo lugar, las prácticas funerarias occidentales y religiosas buscan depositar los cadáveres en un lugar sagrado: el cementerio. El cuerpo se contiene en un ataúd, en un osario… o en una urna. En cualquiera de estos casos, los contenedores son barreras que aíslan al cuerpo. La forma de santificar y dignificar un cadáver es a través de este aislamiento, de esta contención, de la perduración y la memoria. Pero Carranza va en contra de todas estas convenciones, pues en su poesía el cuerpo toca directamente la tierra. La tierra es aquello que desacraliza el cuerpo. No hay una intención en estos entierros textuales de conservar al muerto. Ni de rememorarlo ni de hacerle una tumba. No. No hay inscripciones, no epitafios, no hay lápidas. En los sepulcros de Carranza se amontonan los N.N. En los sepulcros de Carranza las amputaciones se funden con la tierra, con el mundo:

Estallan las flores sobre

la tierra

de Paujil. En las corolas

aparecen las bocas

de los muertos [3].

El muerto deja de estar en su cuerpo y aparece en otras partes. Hay una vegetalización, a veces una animalización. Una pérdida de las cualidades humanas. La identidad. La unidad. El nombre. El cuerpo mismo. Todo se (con)funde.

Como ya vimos, Carranza entierra cuerpos, no semillas ni plantas. Entonces, ¿no te parece que he me equivocado?: al inicio dije que ella actuaba como una jardinera. Pero ella es más bien una sepulturera. O una violenta máquina minera. Pues trabaja con grandes cantidades de tierra o de carne o de huesos. Lo que hace en su poesía es construir cementerios. Fosas comunes.

Para visitar uno de los mayores cementerios que ella ha escrito, déjame mostrarte el siguiente poema. Se titula “La patria” y hace parte de Hola, soledad. Aquí, Carranza nos introduce en un lugar, en la casa.

Esta casa de espesas paredes coloniales

y un patio de azaleas muy decimonónico

hace varios siglos que se viene abajo. […]

A menudo silban balas o es tal vez el viento

que silva a través del techo desfondado. […]

Las ventanas muestran paisajes destruidos

carne y ceniza se confunden en las caras [4]

Como ves, la casa se está cayendo. Podemos intuir por los detalles de las balas, los paisajes destruidos, la ceniza —¿de dónde viene la ceniza? — que el interior y el exterior se mezclan. Este poema merecería un análisis extenso, pero solo quiero decir algo: en el último verso, las personas que viven aquí serán enterradas.

Así: “En esta casa todos estamos enterrados vivos” [4].

La mezcla del interior y el exterior, las referencias de la violencia y, sobre todo, el título nos da a entender que Carranza no está hablando de un simple lugar arquitectónico. La casa es también la patria. La casa es también el país. Es decir, de un momento a otro, ella sepulta a la población de una nación, construye una fosa común de 1.141.748 km²… y todo en tan solo una línea. ¿Puedes sentirlo? ¿Puedes sentir la tierra metiéndose en la nariz, en los ojos, en la boca?

Ah. Nadie puede respirar.

Colaboración de: Sebastián Martínez Vanegas

¿Te gustó este texto? Podrás conocer más sobre la labor de Carranza en nuestro texto: Otra faceta de Carranza: la trabajadora cultural en el espacio público.


Referencias

1. Carranza, María. “Hola, soledad” en Poesía completa. Colombia: Editorial Lumen, 2021; p. 94. Impreso.

2. Carranza, María. “El canto de las moscas (versión de los acontecimientos)” en Poesía completa. Colombia: Editorial Lumen, 2021; p. 139. Impreso.

3. Carranza, María. “El canto de las moscas (versión de los acontecimientos)” en Poesía completa. Colombia: Editorial Lumen, 2021; p. 144. Impreso.

4. Carranza, María. “Hola, soledad” en Poesía completa. Colombia: Editorial Lumen, 2021; p. 80. Impreso.

Si te interesa conocer más sobre María Mercedes Carranza, te invitamos a visitar la página de la editorial Letra a Letra, donde encontrarás dos tomos dedicados a Carranza: el primero, Su poesía, es una compilación de su obra poética; el segundo, 7 ensayos sobre su obra, es una recopilación de ensayos de varios autores que comentan e interpretan la obra de la escritora.